Shelley o la invención del mundo por la literatura

Diana María Ivizate González

La historia de la poesía tiene en el escritor Percy Bysshe Shelley más que el testigo de su época, el creador de una obra que desveló el poder de la palabra para hacer posible lo imposible. Ya en su poema Adonaïs encontramos su optimismo fundador, la confianza de que existe una fuerza potenciadora que impulsa la vida más allá de la muerte —“el relumbre del cielo de los tiempos / podrá eclipsarse, mas no extinguirse”—,1 garantizando el triunfo de la imaginación como acto vital. Algunos pasajes del Himno a la belleza intelectual podrían inducir a pensar que una vez su convicción trascendental estuvo sometida a la oscuridad de la duda cuando suplicó:

No te alejes, dejándonos en sombra,
no, no te alejes para que no sea
la tumba una verdad igual de oscura
que este temor al que llamamos vida

Pero ello sería una equívoca interpretación de su certeza en la capacidad del poema como vía de transformación de la realidad. La constatación de este hecho la tenemos en su ensayo Defensa de la poesía, en el cual plasmó, de forma categórica y excepcional, hasta qué punto el lenguaje, el verso, son suficientes en la construcción de un nuevo espacio donde el ideal, los sueños, alcancen su realización.

La misión del poeta se prefigura desde las primeras páginas de la Defensa de la poesía. Según nos dice, ellos, los poetas, “de acuerdo con las circunstancias de edad y nación en que han aparecido, se llamaron, en las primeras edades del mundo, legisladores o profetas”.2 Esta condición destaca el papel de hacedor de su linaje, comprometido con los primeros pasos de la civilización. Aunque considera a la poesía “congénita al espíritu del hombre”, estima imprescindible la labor del poeta en el descubrimiento de lo inmanente, aquello que nos depara el porvenir, porque estando lo futuro contenido en el presente, es él quien “contempla en el presente lo futuro, y sus pensamientos son el germen de la flor y del fruto de los últimos tiempos”.3 Esa cualidad se nutre de una sensibilidad especial de captación de la belleza que le permite, asistido de lo bello, extraer de la metáfora un conocimiento universal que revela lo inefable:

…Su lenguaje [alusión al poeta] es vitalmente metafórico: esto es, señala las relaciones antes no percibidas de las cosas, y perpetúa su percepción…

Lord Bacon había visto en ese lenguaje metafórico “las huellas mismas de la naturaleza”, lo que hacía entrever la presencia de un saber que había de ser descifrado por la palabra, amparada en la divulgación eficaz de su contenido por la transparencia formal del verso. Shelley secunda la opinión de Bacon al indicar que “ser poeta es percibir la verdad y la belleza”, lo que le lleva a vislumbrar “la relación, subsistente primero en la existencia y la percepción y después entre la percepción y la expresión”. Por lo tanto, el idioma adquiere la categoría de espejo a través del cual el poema nos ofrece “una imagen total de la vida”. Con esta visión Shelley subraya el carácter científico de la escritura poética. Es preciso escuchar su mensaje, centro de sabiduría, unificador de lo que abarca la ciencia en su función investigadora del ser. Esta apreciación entraña una responsabilidad ética que Shelley exteriorizó con plena claridad sin desvincularla de la esencia de lo poético:

…El gran secreto de la moral es el amor: o sea una expansión de nuestra naturaleza, y una identificación de nosotros mismos con lo bello que existe en el pensamiento, en la acción, en las personas, fuera de nosotros. Un hombre, para ser altamente bueno, ha de imaginar intensa y comprensivamente; ha de ponerse en el lugar de otro y de muchos otros; las penas y los goces de sus semejantes han de ser suyos. El gran instrumento de la buena moral es la imaginación: y la Poesía contribuye a este efecto, obrando sobre la causa.4

El reclamo de la bondad en la fundamentación del individuo no eludía la necesidad de una concientización social. Su análisis del entorno de usura y explotación en el que le tocó vivir porta en sí la índole vaticinadora del poeta. La radiografía que hizo de su circunstancia histórica acrecienta, con el paso de los años, su vigencia:

…Mientras el mecánico abrevia y el economista político combina el trabajo, cuiden de que sus especulaciones, por falta de correspondencia con aquellos primeros principios que pertenecen a la imaginación, no tiendan, como ha sucedido en la Inglaterra moderna, a exasperar a un mismo tiempo los extremos del lujo y de la necesidad. Han hecho realidad el dicho “A aquel que tiene, más le será dado; y a aquel que no tiene, hasta lo poco que posee le será quitado”. Los ricos se han hecho más ricos, los pobres más pobres; y la nave del Estado navega entre la Scylla y el Carybdis de la anarquía y del despotismo. Tales son los efectos que siempre han de originarse en el ilimitado ejercicio de la facultad calculadora.

Shelley, sin citarlo directamente, evoca entrelíneas la figura de San Marcos5 enfundado en una mitología que denuncia, con su ancestral legado, la pervivencia de una mentalidad empobrecedora de lo humano. Frente a ella opone una tradición que sin haber logrado todavía prevalecer sobre la miseria o las bajas pasiones que entorpecen la plenitud de las naciones, inspira con su pensamiento y creación la senda de superación espiritual que afirmará, algún día, lo mejor de la sociedad:

…excede a toda imaginación el concebir lo que hubiera sido la condición moral del mundo si nunca hubiesen existido ni Dante, ni Petrarca, ni Boccaccio, ni Chaucer, ni Shakespeare, ni Calderón, ni Lord Bacon, ni Milton; si no hubiesen nacido Rafael y Miguel Ángel…

En la espera de una era triunfal de lo creativo sobre lo destructor, el poeta tiene una tarea impostergable como conciencia crítica y guardián del progreso, por eso “el cultivo de la poesía nunca es más deseable que en los períodos en que por exceso del principio egoísta y calculador, la acumulación de los materiales de la vida externa excede al poder de asimilarlos a las leyes internas de la naturaleza humana”.6 Anhelante de que nada distraiga su obligación intelectual, Shelley se plantea diferenciar el cometido del poeta del historiador, zanjando, a nivel estructural, la polémica escisión entre el prosista y el versificador.

Aristóteles había distinguido en la Grecia antigua el campo de acción de la historia y la poesía, reconociendo en ésta un nexo con lo filosófico por el modo de tratar y posesionarse con los acontecimientos que aborda:

…el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa (pues sería posible versificar las obras de Heródoto, y no serían menos historia en verso que en prosa); la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia; pues la poesía dice más bien lo general, y la historia, lo particular.7

Sin mencionar al Estagirita, Shelley refrenda un punto de vista semejante. Empieza por juzgar absurdo establecer una fría demarcación entre la prosa y el verso, aludiendo en primer lugar a los autores que hacen poesía en prosa, y posteriormente, a los poetas que brindan con sus creaciones toda una filosofía:

…sus períodos son armoniosos y rítmicos [referencia a los prosistas] y contienen en sí mismos los elementos del verso, siendo eco de la música eterna. No son menos capaces de percibir y enseñar la verdad de las cosas aquellos supremos poetas que han empleado las formas tradicionales del ritmo para tramar la forma y la acción de sus poemas, que aquellos otros que las han omitido; Shakespeare, Dante y Milton (limitándonos a los escritores modernos) son filósofos de altísimo poder.8

Desde esta perspectiva, Shelley prepara el terreno para exponer una teoría que pretende enfatizar la especificidad de lo poético en contraste con la disciplina que estudia y narra los sucesos del pasado, cuya influencia aristotélica hemos apuntado:

…una historia es un catálogo de hechos sueltos, que no tienen más conexión que el tiempo, el lugar, las circunstancias, las causas y los efectos: un poema es la creación de acciones, sujetas a las formas inmutables de la naturaleza humana, tales como existen en la mente del Creador, imagen de todas las demás mentes. Una es parcial y se aplica únicamente a un período definido de tiempo, y a una cierta combinación de elementos que nunca pueden producirse de nuevo; el otro es universal, y contiene en sí un germen de relación con todos los motivos o acciones que puedan tener lugar en las variedades posibles de la naturaleza humana.9

El escritor inglés añadirá a este criterio un giro valorativo que conlleva una notable aportación en la comprensión de la poesía al ensanchar su horizonte. Shelley declara la objetividad de ella sin la necesidad explícita del poema:

Las partes de una composición pueden ser poéticas sin que la composición en conjunto sea un poema. Una sola sentencia puede considerarse como un todo, aunque puede hallarse en medio de una serie de partes no asimiladas; una sola palabra puede ser una chispa de inextinguible pensamiento. Y así todos los grandes historiadores, Heródoto, Plutarco, Tito Livio, fueron poetas; y aunque el plan de estos escritores, especialmente el de Livio, les impedía desenvolver esta facultad en su más alto grado, hicieron copiosas y amplias compensaciones de esta esclavitud, llenando todos los intersticios de sus asuntos con imágenes vivientes.

No obstante, la poesía escapa a cualquier intento de reclusión o límite. Su ámbito participa de lo trascendente, de ahí que la imagine como una “espada de luz” cuyo esplendor “consume la vaina que intente contenerla”. La identificación con lo seminal, arborescente, nos remite a una concepción de lo poético en constante crecimiento y renovación que impide el control:

…La Poesía no es, como el raciocinio, facultad que pueda ejercitarse a medida del deseo. El hombre no puede decir: “Quiero componer Poesía”. Ni el más grande poeta puede decirlo, porque la mente en el momento de la creación es como carbón apagado que una invisible influencia como viento inconstante, despierta a transitoria brillantez; este poder surge del interior como el olor de una flor que se marchita, que decae y cambia según se desarrolla, y las partes conscientes de nuestra naturaleza, no pueden profetizar ni su proximidad ni su alejamiento. Aun cuando esta influencia pueda persistir en su pureza y fuerza de origen, es imposible predecir la magnitud de sus resultados…

Esa impulsión actúa en el alma del poeta como una energía telúrica que, aún plasmada en la obra, trasvasa su territorio en un viaje a la raíz de las cosas, a fin de regenerar la materia visible e invisible. De ahí que asegure que “la Poesía crea de nuevo el universo”. Esta potestad la inserta en los orígenes de cada nacimiento donde el destino de la humanidad se halla inmerso en su transformador influjo.

En la antesala de lo desconocido, o en el camino de las manifestaciones y evidencias, estará la Defensa de la poesía, su verdad, acompañando uno y otro acontecer, siendo siempre en lo existencial, económico, cultural o político, “el más infalible heraldo, compañero y seguidor del despertar de un gran pueblo que se dispone a realizar un cambio en la opinión o en las instituciones”. Su reino permanece así, todavía, por cumplirse.

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Retrato de Shelley por Alfred Climt (1819)