Septiembre diecinueve

 Alberto P Boix

Pasado el temblor, las noticias cayeron como fardos en la conciencia citadina. Tres décadas después, la misma pesadilla. Edificios con cuarteaduras, almas en pena, niños sepultados en una escuela, la sociedad civil en movimiento y al rescate.

Acaso esto último es lo más prodigioso y loable. Mujeres y hombres que se desembarazan del miedo y corren a mover escombros, a buscar latidos y suspiros bajo las piedras, a salvar a quienes no conocen pero que de un momento a otro se han convertido en sus propios heridos, sus compañeros de tragedia.

El apocalipsis no nos puede tomar por sorpresa, parecen repetir, al tiempo que levantan cascajo y varillas torcidas. Podrán faltar los víveres, el agua y la luz, pero sobrará la entereza, el esfuerzo común, la capacidad para erigirse en lo más noble del espíritu humano; la bondad. Esta noche y todas las horas que siguen, los rescatistas están luchando contra el tiempo. Saben que allí abajo, entre la tierra que se ha desgajado para siempre, alguien espera con un soplo de vida y no se permiten descanso. Cada minuto cuenta.

Los hospitales y los servicios públicos se han abierto para todos, un ejemplo de democracia que no conocimos en tiempos de paz y tranquilidad. Otra vez la población civil rebasó a las autoridades, como en 1985, cuando aquel presidente y su gabinete titubeaban, mientras las calles se llenaban de ciudadanos dispuestos a entregar su cuerpo y su tiempo para salvar a los otros, los caídos, los aplastados. Hermanos todos.

“Nadie se va a morir ahora” cantaba un trovador cubano. Nadie más, decimos los mexicanos. Frente a la naturaleza estruendosa, ingobernable, somos un mar de brazos entrelazados, somos un cuerpo de rescate, somos un solo espíritu, una sola fuerza, que levanta la mirada hacia al futuro, que puede disipar sus temores y que se lanza, de brazos abiertos, a proteger a sus víctimas.

Cuídense unos a otros, cuiden a los niños, a los enfermos, a quienes han perdido casa o familia. Seamos uno, como lo reclaman hoy el cielo y la tierra.