#Relatosdeverano Retazos

“Aprenderé a dormir en la memoria de un muro, en la respiración de un animal que sueña.” Alejandra Pizarnik, “Sombras de los días a venir”. Clara los ve darse la mano y aunque no alcanza a escucharlos, sabe que el doctor Noriega le dijo a su padre que lo siente mucho. Ellos intercambian unas pocas […]

“Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.”
Alejandra Pizarnik, “Sombras de los días a venir”.

Clara los ve darse la mano y aunque no alcanza a escucharlos, sabe que el doctor Noriega le dijo a su padre que lo siente mucho. Ellos intercambian unas pocas palabras más,; ahora el doctor Noriega saluda también a la hermana de Clara, que está al lado de su padre, le acaricia levemente la cabeza. Clara todavía no se anima a adelantarse, prefiere mirar desde la columna en la que se apoya. Le parece que su hermana actúa como una mujer, cuida a su padre, no lo deja solo ni por una milésima de segundo; lo tiene por la cintura y no lo suelta. Clara lo ve flaco y arrugado. Ahora él y su hermana entran en la sala donde está el ataúd.
El doctor Noriega se queda afuera y retrocede unos pasos. Aunque hacía mucho tiempo que Clara no lo veía, lo reconoció de inmediato, es el dentista al que iba su mamá. Una tarde a la semana la acompañaba hasta su consultorio. Qué hace acá, se pregunta, cómo lo supo, pero en el acto se da cuenta de que debe habérselo dicho su tío, porque ellos dos eran amigos. El doctor Noriega se apoya en la columna que está enfrente. Clara esquiva su mirada, no tiene ganas de saludarlo, no es algo en contra de él, simplemente prefiere no saludar a nadie. Tampoco quiere entrar en la sala. Está paralizada. Es como si el piso, ella y la columna formaran una misma cosa y lo único que pudiera mover fueran sus manos, la cabeza y, lamentablemente, también los ojos, porque no sabe para dónde mirar. Ahora da una ojeada al techo, en el centro hay una tapa de boca de luz grande y redonda con la forma de una flor del mismo color blanco azulino que tienen las columnas, y en los bordes del cielo raso, molduras con figuras de pétalos y hojas, también en ese tono, que contrasta con el beige oscuro de las paredes y le da un aspecto de repostería decorativa, de glasé azucarado. A su mamá nunca le hubiese gustado un lugar así, le parece oírla hacer chistes y burlas, pero a quién le podría gustar ese sitio, piensa Clara, ese o cualquiera, tendrían que haberse quedado en su casa, bien podría estar en el cuarto o encerrarse sola en el lavaderito y fumar un cigarrillo mirando el árbol de la calle. Pero hubo que obedecer a la mujer de su tío que se había encargado de todo: la impresión, después quién se las saca, había dicho en voz baja para que nadie escuche, en la casa no, de ninguna manera. Las molduras se repiten en el espacio que continúa por detrás de las columnas y ornamentan arcadas y contramarcos. Hay una chica sentada en una silla que debe tener la misma edad de Clara. La imagen desdibujada de un patio, en donde juega al elástico con dos nenas, se le viene a la mente. Es una de las mellizas Urtubey. Las veía en casa de ellas en Rauch, cuando iba a visitar a su tía (por parte de su padre) antes de que se mudara a Buenos Aires. Tiene un buen recuerdo de ellas y también del señor y la señora de Urtubey. Eran cariñosos, pero la trataban con cierta distancia, no por desapego, sino por un extremo respeto, típico de la gente de pueblo. Podría acercarse a ella y conversar, preguntarle si vienen seguido a Buenos Aires, quizás se hayan instalado acá para estudiar, hasta podrían encontrarse algún día. Pero, para eso, tiene que hablar y también hablar de lo que pasó y Clara no quiere. La melliza Urtubey hace la señal de la cruz. Clara se acuerda de haberlas esperado en una de las hamacas de la plaza por la que pasaban cuando volvían de misa. Debe vivir en Buenos Aires, piensa, porque si siguiera en Rauch no podría haber llegado tan rápido, si todavía no vinieron ni Yosi, ni Julia, ni Francisco. Y siente un alivio enorme, por más íntimos que ellos sean, pues ahora no quiere verlos. Tampoco quiere estar con sus primos, o su madrina, ni siquiera con su papá y su hermana. Es como si creyera que, aislándose, lograría escapar de lo que, en realidad, no tiene escapatoria alguna, salude o no, hable o se calle, entre a la sala o permanezca afuera, haga lo que haga. Baja la vista hasta la punta de sus pies. Se pregunta por qué no llegó antes a su casa, un rato nada más, a lo mejor podría haberla salvado. Aunque ese reproche no tiene sentido, ya sabían que esto iba a suceder de un momento a otro. Pero el humor que su mamá tenía les hizo creer a todos que no era cierto que ella fuera a morir. La encontró tirada, boca abajo con un brazo hacia atrás y el otro hacia adelante, ocupando todo el largo del pasillo que llevaba al cuarto y al baño. Parecía que nadaba crol sobre el parqué. Clara supuso que era una de sus bromas. Pero se había equivocado. La llamó, le gritó, le dijo que se dejara de joder. No le respondió. Se había roto la nariz. Esa ñatita, piensa Clara, su hermana parece que va a tener la misma cuando crezca. Y, de pronto, se acuerda de que al doctor Noriega le decían “el Ñato”. Un murmullo monótono se va instalando en el ambiente y retumba dentro de su cabeza. Clara recorre las baldosas con sus ojos: una blanca, una gris, otra blanca, otra gris, otra blanca y llega hasta los zapatos del doctor Noriega. Son abotinados con esas perforaciones en la puntera hechas como por un alfiler. Se imagina un cuarto con un gran vestidor en dónde, sobre una pared, hay un botinero con todos los zapatos ordenados y, en otra, un mueble hecho a medida para que el doctor Noriega guarde sus medias. Trivialidades con las que ocupa su pensamiento. Apenas levanta la cabeza y en seguida la vuelve a bajar; la nariz del doctor Noriega es tan perfecta y respingada como la de un nene, piensa. Recuerda la casa donde estaba el consultorio, la impresión que le causaban los moldes y algunas dentaduras postizas expuestos en una repisa vidriada, que le parecían similares, aunque mucho más perfectas, a unos dientes de cotillón que se vendían en los quioscos. Aunque de lo que más se acuerda, no es del consultorio al que entró pocas veces, sino del jardín, del submarino con churros que le traía Mirta, cree que así se llamaba, pero, sobretodo, del perro, un cachorro siberiano. Como el doctor Noriega era amigo de su tío, mientras esperaba a su mamá, ella podía tomar el té en la glorieta y jugar con el perro. Cuántos años tendrá, quiso sacar la cuenta, pero la sola idea desató una nostalgia sin horizonte. Vuelve a buscar asilo en las baldosas, una blanca, una gris, pero, en la blanca siguiente, ya ve los zapatos del doctor Noriega que había abandonado la columna y ahora está de pie, frente a ella. Alza la vista. El doctor Noriega le dice que lo siente muchísimo y es como si su madre hubiese vuelto a morir. Clara la había encontrado sin vida, sabe que está dentro de ese cajón, pero cuando el doctor Noriega le dice que lo siente muchísimo, es como si recién, en ese momento, se diera realmente cuenta de que su madre ha muerto. Una especie de estribillo se repite en su cabeza: mamita está muerta, mamita está muerta. Una y otra vez. El doctor Noriega busca hablar de otra cosa, le dice que la ve grande, que ya no es más la nena que jugaba con el siberiano, le habla del perro, le cuenta que, antes de instalarse en Barcelona, se lo regaló a unos amigos que viven en Bariloche. Clara lo imagina en medio de un bosque nevado, cree ver el pelaje gris y blanco, los ojos celestes, y hasta percibir como si lamiera sus dedos impregnados con azúcar y exhalara calor sobre su mano,; también, le parece ver a su madre al lado del perro, aunque no tenga nada que ver. La cara, el cuerpo delgado, las piernas, sus manos finas, el pelo ondeado y oscuro, los ojos, su boca, le parece oír que susurra, un sonido tenue y lejano, hasta cree sentir su olor, la imagen es casi una presencia. De pronto, la voz del doctor Noriega, quien parece estar reiterando una pregunta, la despabila.
— ¿Cómo se llama?
— ¿Quién?
—La nena — dice.
—Usted pregunta por mi hermana.
—Sí, la nena —vuelve a decir.
A Clara la pregunta le suena inoportuna, aunque desde que está en el velatorio de su mamá todo le parece impropio, cualquier comentario es para ella casi un atropello a su intimidad, como si alguien sin su permiso le vaciara la cartera o la mochila, le cambiara de lugar la puerta o la ventana de su cuarto, y ella, por su parte, tuviera que tomar esas acciones como algo natural. La imagen de su madre otra vez se hace presente. La ve negar con la cabeza, mirando hacia abajo, rechazar todos los nombres que su padre propone. Hasta que, por fin, dice Marina. Él no quiere, le gustaba Eugenia y también Constanza. Pero ella insiste. Están en el refugio del cerro Otto. Hay una fotografía de esa tarde, la tomó otro turista. Ella agarrada del brazo de su padre en la galería, su mamá con una panza de unos seis o siete meses apoyada sobre la baranda de troncos, el techo blanco del refugio y las lengas nevadas al fondo; su mamá sostiene un tazón humeante. Está seria. Era la segunda vez que iban a Bariloche, prometieron que iban a volver y llevarían a su hermana. No lo hicieron.
—Marina —responde.
—A Gachy siempre le gustó Marina — dice el doctor Noriega en voz baja.
— ¿Gachy? — pronuncia Clara, también en un tono casi inaudible. Se pregunta por qué él llama a su madre con un sobrenombre que nadie usa. Para Clara, era mamá, Graciela, en todo caso, la señora de Achaval, o, a lo sumo, Grace, como le decían algunas amigas, pero nunca Gachy.
—Cualquier cosa en que las pueda ayudar — dice el doctor Noriega —, yo voy a estar unos días más en Buenos Aires. Tu tío sabe dónde encontrarme.
Después de despedirse de Clara, el doctor Noriega se va del velatorio. Ella sigue con la mirada su trayecto hasta la salida. Lo ve irse lento, mirar de reojo la sala donde se encuentra el ataúd, saludar a su tío, pasar al lado del sofá en el que están sentados sus primos y su madrina, lo ve detenerse apenas, a la altura del sillón ubicado en diagonal a ese, y continuar enseguida hasta la puerta, abrirla y, luego, cerrarla detrás de él. Clara cruza los brazos y los estrecha, pretende hacerse finita, transformarse en una línea, una pequeña rajadura en el yeso. Camuflarse. Aprieta los párpados. Vuelve mentalmente sobre el instante en que el doctor Noriega pasó frente al sillón donde están sentados su padre y su hermana; le parece que la pausa que él hizo en su trayecto es mucho más larga en el tiempo de lo que en realidad fue, cree verlo observar con detenimiento, y, a su vez, Clara también observa su recuerdo con detenimiento. Los rasgos de la cara del doctor Noriega. Su perfil. Una serie de imágenes ocupan la mente de Clara, empiezan a sucederse en forma vertiginosa como lo hacen las fichas en el efecto dominó. Clara ve retazos de cielo, fragmentos de columnas y el techo bombé de la glorieta, una mano, la suya, sacando y volviendo a encastrar el vaso de submarino en el soporte de metal, el hocico y las patas delanteras del siberiano que busca un hueso en la grava; también ve a su madre que se levanta de la mesa cuando su padre dice que se agranda la familia, otra vez su padre, pero, ahora, haciendo el juego de desaparecer y hacer aparecer la nariz de Marina con los dedos de las manos, ve otros dedos (los del doctor Noriega) que se apoyan sobre la cabeza de su hermana, y, ahora, vuelve a ver al doctor Noriega que observa a Marina sentada en el sillón, la figura de la boca abierta de su madre en un espejo, los moldes de las dentaduras sobre un estante de vidrio, ahora, también ve otro estante, el del living de su casa, con el portarretratos que lleva una foto de las tres sentadas en el banco del jardín botánico, cree ver el centelleo del sol de esa tarde en las hojas de los árboles, los pasos de su padre que llega a encontrarse con ellas, la entrada del edificio donde está su casa, su mano que abre la puerta del departamento, ve también, unas lágrimas (las suyas) sobre el parqué, el médico que se acerca para decirle lo que ya sabe, el humo del cigarrillo que fumó en el balcón.
Clara mira hacia el sillón, su padre y su hermana acaban de ponerse de pie. Las mellizas Urtubey se acercan a ellos. Él le hace señas y Clara se decide. Camina. Lo hace sin pensar, de manera automática. Saluda a las mellizas.
— ¿Te acordás?— dice su padre —Elena y Josefina — agrega, sin señalar a ninguna para no incurrir en errores.
Ella asiente. Las mellizas le dan el pésame en forma casi imperceptible y, rápidamente, pasan a explicarle a Marina de donde se conocen. Le cuentan sobre Rauch. Mientras hablan, la miran a ella o a su padre buscando aprobación para seguir el relato. Es una charla animada, ellas se muestran algo aceleradas, ansiosas. A Clara el parloteo no le molesta, puede esfumarse en el bullicio. Su hermana observa a las mellizas, primero los ojos de una y después los de la otra, la nariz, la boca. Parece estudiar cada rasgo desde la cabeza hasta los pies. Clara está segura de que su hermana quiere saber si son tan iguales como las mellizas de Juego de gemelas. Una película para chicos bastante vieja ya, su hermana la ha visto millones de veces, pero parece que nunca le resultaran suficientes. La tienen en su casa. Ahora, Marina compara las manos, mientras las mellizas gesticulan. En la película no actúan gemelas, es una sola nena que interpreta los dos personajes. Clara se enteró cuando la actriz ya era una mujer y, además, supo, que llevaba una vida plagada de excesos y datos oscuros. No se lo contó a su hermana, y tampoco piensa hacerlo, para qué, no va a ser la encargada de terminar con su infancia. La palabra infancia le sonó en ella como desmedida, de persona mayor, que terrible estar lejos de la infancia. Un sentimiento vago y sombrío se hace presente. Piensa que lo de la nena de la película fue una decepción, mira a su padre; él está atento a las mellizas, tiene los ojos vidriosos. Decepción no, se dice, estafa. Una de las mellizas, mientras habla, desliza con los dedos de un lado a otro, una cruz de plata que cuelga de una cadenita que lleva en el cuello. La otra también lleva una cruz. Siempre fueron idénticas, piensa Clara, y también iguales a su madre, y, en ese momento, la descubre. La señora de Urtubey conversa con el tío de Clara, un poco más atrás del sofá grande, cerca de una mesa en la que hay una jarra con café. Tiene algunas canas y unos kilos más. También está el señor Urtubey, sirviendo una taza que es para su mujer, porque ahora vuelve hacia donde ella está y se la da. Su mujer le sonríe y, con la mano libre, le quita una pelusa de la manga de la camisa. A Clara el gesto le resulta de una ternura incalculable. Gira la vista hacia su padre. Lo ve más solo que nunca, le parece que no es él. Habla, está contándole a su hermana que, en Rauch, hay un arroyo. Clara se acuerda de cuando ella, junto con él y su madre, pasaron una tarde en la costa del Chapaleofú, recuerda los árboles finos y lánguidos. Los rayos de sol que refractaban en el agua amarronada y, también, atravesaban el vestido de su madre, dejando traslucir las piernas y la panza, pequeña todavía. En verdad, Clara no sabe si, en ese momento, su madre estaba embarazada o no, pero es así como le parece ahora. Una de las mellizas se adelanta para acariciar las mejillas de la hermana de Clara y, luego, le acomoda el pelo por detrás de las orejas,; la otra, que se contuvo, inmediatamente después también lo hace. Hasta en los gestos son idénticas, igualitas, piensa Clara, entre sí, a la madre y al padre también. En cambio, ella y su hermana nunca se parecieron. Un sentimiento similar a la envidia la inquieta. La imagen del doctor Noriega pasa como una ráfaga por su cabeza y se extingue. Vuelve a mirar a su padre, él no quiere mostrarse triste, está segura de que lo hace por ella y, sobre todo, por su hermana. Finge, piensa, y ese pensamiento le provoca una impresión que no alcanza a definir, la siente en el cuerpo; una carga eléctrica se desplaza por el borde de su piel, como cuando un tenedor raspa la loza del plato casi vacío. Las mellizas siguen hablando. Ella no dice nada. Está muda, solo se dedica a forzar una mueca de sonrisa. También finge. Separa la vista de su padre, de las mellizas y de su hermana; hace un repaso general del lugar. Todo el velatorio le parece un simulacro. Una escenografía hecha de decorados de cartón en la que, cada uno, lleva una máscara que repite el mismo gesto moderado y anónimo.
—Qué pena lo de Graciela —dice una de las mellizas.
—Sí — dice ella y trata de volver a forzar la mueca de sonrisa.
—Gracielita —dice su padre casi en un susurro.
Gracielita. Solo él le decía así. Una congoja sube por su garganta y la obliga a respirar hondo. Es su mamá la que ha muerto, no quedan dudas. La puerta que un rato antes se había cerrado, ahora se abre. Yosi y Julia entran, Francisco viene detrás de ellas. Miran para todos lados como si estuvieran perdidos. La buscan.

Graciela Alemis

Imagen Lola López-Cózar