#Relatosdeverano Las manos de mamá

Me gusta mirar las manos de la gente. Y luego pienso en las de mi madre. Todavía no he visto unas manos más blancas, ni más finas, ni más heladas que las de ella. Yo las abrigo con las mías, y aunque son mucho más pequeñas, enseguida les doy calor. Por eso, además de llamarme mi cielo y […]


Me gusta mirar las manos de la gente. Y luego pienso en las de mi madre. Todavía no he visto unas manos más blancas, ni más finas, ni más heladas que las de ella. Yo las abrigo con las mías, y aunque son mucho más pequeñas, enseguida les doy calor. Por eso, además de llamarme mi cielo y mi alegría, mamá dice que soy su bolsa de agua caliente.


Micaela tiene las manos fuertes, pero cuando me rozan la cara, me raspan, igual que la barba de papá. Las manos de Mica no paran ni un instante de moverse: pelan las patatas para la comida, planchan la ropa, sacan lustre a los zapatos, pasan la mopa por el suelo… Cuando le pregunto si no estarán cansadas sus manos de todo ese trajín, se las mira, las sacude delante de mi cara y, luego, dice que está muy contenta del servicio que le dan. Después, no sé qué le anda por la cabeza, que se echa a llorar, me abraza y me acuna como si yo fuera un bebé.


Las manos de mi padre son largas y las mueve muy aprisa cuando usa el ordenador; también se hace con ellas el nudo de la corbata, se enjabona la cara y se afeita; dice que no quiere que me pinchen sus besos. Cuando me acaricia la cabeza o me hace cosquillas, aunque nunca parece que vaya a llorar como Mica, se pone un poco triste. No sé por qué.


Las manos del médico que visita a mamá, son anchas y cortas. Cuando le da los masajes, parece que los deditos de ella van a echarse a volar. Pero, al final, siempre se quedan quietos. Menos mal que no le hace daño, porque nunca se queja. 


Las manos de mi madre son como los pichones que cuelgan del cinturón de papá cuando vuelve de cazar; son como los pañuelos blancos que Micaela tiende de una punta para que se sequen pronto.
Veo que las demás personas necesitan sus manos para todo. Incluso para hablar. Las suben, las bajan, las abren… Eso no hace falta. Cuando mi mamá habla mueve los ojos al compás de sus palabras, que según cómo miren son una orden, una pregunta, un cuento…


Un día le oí decir a la chica de la tienda, que hablaba con Micaela en la cocina –pobre criatura, no conoce una caricia de su madre- Me dio mucha rabia, ella no sabe cómo son las caricias de mamá. Hablan sin saber. Ella me rodea con sus brazos, me coloca junto a su pecho, me abriga bajo la barbilla, me recorre con los labios la cara, la frente, las orejitas ¿Eso no son caricias? Qué sabrán ellas…


Una vez hicieron mis padres un viaje muy largo. Dijo Micaela que buscando remedio para esas manos…. A la vuelta, papá hablaba mucho y daba órdenes a todos. Al cabo, llegó un señor que tenía la cara amarilla, como si estuviera enfermo, y sacó de su maletín unas agujas muy finas y muy largas. Yo me puse a llorar, pensando cuánto daño iban a hacerle a mi madre. Papá me tranquilizó, dijo que eso no dolía; al principio no le creí, pero pasó el tiempo y ella no se quejaba, sonreía incluso. No le hicieron daño las agujas aquellas. 


Pero todo siguió igual.


Según me dijo un día Micaela, yo había traído la salud a mi madre, y hasta la vida, porque llevaba camino de morirse de tristeza. Me contó que tuve un hermanito, pero ocurrió un accidente y murió. Luego nací yo y conmigo entró la alegría en  la casa y mamá ya no pensó en morirse. 


Y me digo, si ahora está contenta, si yo le quité su pena, ¿por qué siguen insistiendo con tantos remedios? ¿No podrían dejarla en paz?


Mi madre me dijo un día que si las manos le sirvieran para algo, a mi hermanito no lo hubiera atropellado aquel camión, porque ella lo habría sujetado contra su pecho y ahora estaría con nosotros. -Nunca he tenido fuerza en las manos, nena, ni entonces ni ahora. Ni voy a tenerla-
Yo no entiendo a los mayores; a pesar de las protestas de mamá, ellos no se cansan de insistir una y otra vez en que tiene que hacer esto y lo otro.


Se puso tan triste mi madre cuando me contó aquello, lloró tanto agarrada a mí, que deseé ser mayor para poder convencerlos de que la dejen en paz.


Ella es así, y así está bien. Mi madre. 

Pilar Galindo
Fotografía portada Gokce Erenmemisoglu