#Relato Abril

Alberto Palacios Boix

Caminan solos por el Bois de Bologne, dos figuras tenues bajo la neblina. Los primeros cerezos se desgranan a su paso. Puede sentirse la tibieza del rocío que vaporosamente se disipa. Quizá tiritan un poco, se contienen, igual que la tierra misma que se despereza. El flujo de los autos a lo lejos es un rumor constante, un ronroneo.

– No puedo seguir con esto – dice Henriette, casi un susurro, con el rostro compungido.

Él toma su mano, que se permite el roce, renuente y lánguida a la vez. Se han amado a espaldas del tiempo, por años, con un fervor que no es posible ocultar ni sepultar una vez despierto y delirante.

La mira de reojo, no se atreve a develar su rostro, temiendo un reproche o, peor aún, melancolía. Sin pensarlo, extiende sus dedos toscos entre el cabello de su amada y la gira hacia si, para besarla largamente, como antaño, como anoche.

El vaho de sus alientos se confunde y a la distancia pareciera que se templan a la orilla del aljibe mientras la ciudad calla y espera.

Sin mediar palabra, la despide a las puertas del Marmottan. Los nenúfares abrigarán sus noches y sus días soleados, darán textura a las tardes de lluvia y color a las nubes cuando lo añore.

James volverá a Tibbee Creek – donde un científico negro no pasa desapercibido – a mirar desde su ventana los lirios bajo el sol inclemente del verano.

En las dilatadas tardes de Mississippi buscará referencias de su cuerpo volátil y de su risa ausente. Paseará su soledad a la vera de los álamos y los corredores tempraneros; las manos en los bolsillos y la mente en Giverny, junto al caballete de Monet, donde la descubrió absorta – casi una niña – ante el estanque.

Entonces pasearon como viejos conocidos por la calle emblemática del pintor, entre turistas, tenderos y souvenirs baratos; se detuvieron sobre los puentes para contemplar el Epte con esa placidez que invita a pintarlo. Ella con su mal inglés, él con su precaria noción de la catedral de Rouen, asediado por preguntas. Henriette fue su guía, su portal hacia el arte difuso del Impresionismo, que James buscaba como refugio del infierno de Vietnam, de aquel mundo suyo ininteligible y convulso.

Un muchacho del paupérrimo sur solamente podía educarse en la milicia. Con las heridas frescas de la barbarie y el napalm, habiendo ingerido ácido lisérgico entre las cañadas del Mekong, alucinado por aquellos crímenes inicuos, se hizo ingeniero de aguas y volvió a bregar entre caimanes por un tiempo.

Extraña paradoja, Henriette perdía a su padre ahogado por el alcohol y la decepción de la posguerra; mientras ella accedía a una apurada educación en Caen para salvarse del suicidio. Tenía apenas diecisiete años cuando se enamoró de ese hombre de color, fornido, taciturno y lastrado de cicatrices.

Bastaron pocas jornadas de flirteo y de sorpresa mutua. En un modesto hostal de Saint-Just, a medio camino entre su pueblo y las ninfas acuáticas, hicieron el amor como dos náufragos, ávidos de piel y de consuelo.

Un aroma de almendros en flor penetra los recintos del museo. La vice-curadora Henriette Auvers levanta los dedos del teclado para sostener su segunda taza de café y otear la marea citadina. Aprovecha esos minutos antes de recibir a los turistas que se aglomeran en la acera para salir al balcón contiguo y encender un cigarrillo. Entre bocanadas de humo, evoca esas veladas que compartieron en el pisito de Courcelles. Ella pretendía poner coto a su vehemencia, fingiendo despecho, y advertía como su negativa despertaba en cambio la excitación de su amante como un embrujo. Invariablemente, James se acercaba a su lado y la iba tocando con sutileza; las mejillas, el escote y los muslos, apenas con el dorso de la mano, en caricias furtivas… insinuándose, un niño en busca de indulgencia. Entre el sopor y el reclamo, Henriette acababa por ceder a sus besos, perderse en aquellos brazos cobrizos y aceptarlo en sus paredes de agua para arrojar de nuevo el tiempo con su ropa al suelo.

Meditabunda, la curadora apaga la colilla sobre la baranda de piedra, limpia el remanente de ceniza con un pañuelo y ahoga las lágrimas. De vuelta a su oficina para ordenar que abran las puertas al público, murmura aquel verso de Louis Aragon:

Et pendant un long jour assise à sa mémoire

Elle voyait au loin mourir dans son miroir…

Entre las sombras cambiantes y el bochorno, a un siglo de distancia, James puede paladear sus besos todavía y rememorar cómo se arrellanó en sus brazos; un enjambre de ternura – pensó en aquel momento – tan frágil, tan cautiva. Ella se rebeló contra ese apelativo, nunca se permitió la lástima y quizá no supo entender los gestos vagos de aquel hombre incapaz de expresarse más que con el cuerpo.

Decidieron que la pasión los mantendría unidos: en tal connivencia no habría que explicarse la intimidad ni darle cuentas a los otros o al futuro. La renuncia fue su condición de amantes, mientras los lirios acuáticos, uno a uno, floreaban en Abril, discretamente.

PS. La última semana de Abril de 1883, Claude Monet alquiló la casa campirana que sería su imperio de luz y de color hasta su muerte, misma que pudo comprar cuando el avant garde francés permitió revaluar su obra en vida. Durante casi treinta años, de 1899 a 1926, el afamado pintor se refugió en Giverny a pintar su estanque poblado de nenúfares. Se estima que pintó cerca de ciento ochenta lienzos, algunos magníficos,  como los que engalanan l’Orangerie en las Tullerías. Procuraba diversos ángulos y horas cambiantes para imprimir con su paleta los tonos y artilugios que gestaba ese paisaje íntimo. Para lograrlo, convenció a los moradores del pueblo en desviar un brazo del río Epte – tributario del Sena – hacia su jardín de sauces llorones, tulipanes y malvas. Protegió su legado con recato, acumuló los cuadros de sus amigos y rivales impresionistas junto a los suyos, y antes de morir, se aseguró que los más bellos se eternizaran en Vernon y en los museos más luminosos de París.

PS. La exposición “Melancolía”, preñada de 137 cuadros de una exquisitez sin paralelo, estará abierta en el Museo Nacional de Arte, Centro Histórico, del 4 de Abril al 9 de Julio. Vale la pena.