#Mujeresenelarte Arte y locura Aloïse Corbaz

Nació en Lausana, Suiza en 1886. Perdió a su madre a los 11 años, su padre -empleado de correos, alcohólico y violento- y su hermana mayor Marguerite -celosa y dominadora- se encargan del hogar de los Corbaz. El tiránico control que ejerce su hermana convierte a Aloíse en una niña tímida llena de escrúpulos que […]

Nació en Lausana, Suiza en 1886. Perdió a su madre a los 11 años, su padre -empleado de correos, alcohólico y violento- y su hermana mayor Marguerite -celosa y dominadora- se encargan del hogar de los Corbaz. El tiránico control que ejerce su hermana convierte a Aloíse en una niña tímida llena de escrúpulos que nunca abandona del todo. En 1906 se gradúa de bachillerato y se enamora de un sacerdote que vivía cerca de su casa, sin embargo su hermana Marguerite destruye esa relación y la obligan a mudarse a Alemania a trabajar, primero como maestra, después como institutriz del capellán de Guillermo II en Postdam. Es en este periodo que se enamora del Káiser.
 
Aparentemente, una “ardiente” carta escrita al emperador que nunca llegó a su destino fue lo que ocasionó que su familia la recluyera en una clínica psiquiátrica; tenía 32 años y pasó más de 46 en el hospital; donde produjo alrededor de 834 dibujos, con casi 2000 composiciones. Muchos de sus trabajos estaban a ambos lados del soporte.
 
Aloïse encontró en el dibujo una manera de exorcizar su tormento, creando un mundo interno lleno de color, donde una hermosa joven mujer estaba siempre acompañada por su príncipe. Carruajes, coronas, flores, noches en la ópera, y sobretodo el personaje que Aloíse creó de ella misma son el centro de sus obras. No se sabe si pierde la razón por amor, por soledad, o si de verdad al ser internada era esquizofrénica, claro que después de permanecer recluida por casi medio siglo, termina por perder la razón.
 
Utiliza grafito y tinta, a veces el jugo de pétalos de flores y hojas que aplasta; también pasta de dientes para dibujar. Su soporte: papel para envolver, sobres, pedazos de cartón, la parte de atrás de calendarios. Tiene una necesidad constante de dibujar, sustituye la realidad que la rodea por la que ella se crea. Sus rostros tienen los ojos vacíos. Su paleta es intensa, juega a pintar o pinta jugando. Ocasionalmente crea collages con recortes de revistas, envolturas de chocolate y estampas de colores.
 
Quizá hoy, Corbaz no hubiera sido recluida; más bien hubiera recibido grandes dosis de ansiolíticos, despojándola de ese ambiente tranquilo y protector que finalmente hizo que su creatividad surgiera. Ella misma calificó la creación artística como “milagrosa; la única fuente de éxtasis perpetuo”. Quería más que nada encarnarse en su obra, era su manera de dejar huella; de existir -de tener algo de control sobre su vida. Su psiquiatra, Jaqueline Porret-Forel recuerda “nunca estaba más feliz que cuando una flor o un animal que acababa de crear la representaba”.
 
Fue Forel quien se interesó en su obra y ayudó a que en 1946 tuviera su primera exposición en la Galería Dorín. Ahí Jan Dubuffet la descubre y se convierte en uno de sus principales coleccionistas. A partir de estos descubrimientos. Dubuffet acuña el término “Art Brut” (arte marginal) para designar obras espontáneas de autores autodidactas, en algunos casos enfermos mentales, prisioneros o niños. La entera concepción de un Art Brut o arte marginal descansa sobre la premisa de un individuo creador que opera en gran medida despreocupado (e idealmente desinformado) de la expectativas de los demás. Esas formas pueriles, a menudo brutales y elementales, fascinaban al artista francés. Formas que posteriormente lo inspirarían a crear su propia obra.
 
Resulta paradójico que cuando su obra se convierte en pública y Aloïse es finalmente reconocida como artista y tiene que firmar sus cuadros, la motivación la abandona y muere pocos meses después. Su historia es una de muerte y renacimiento; de encontrar luz y color en la más absoluta oscuridad.