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LOCURA TRANSITORIA: MONÓLOGO DE SUSANA SAN JUAN

El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver.
Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el
crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías.
Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces
me dijiste: “Lo quiero por ti; pero lo odio por
todo lo demás, hasta por haber nacido en él.”
Juan Rulfo​​

 


 

Por Elena Eguiarte Pardo

Sabías a muerte, Pedro Páramo, y “la muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas” (Rulfo: 82). Por eso no quería volver, porque en ese lugar tan podrido no había nada más que delirio. Pero ahí estabas tú, esperando que siguiera teñida de rojo y dispuesta a seguir volando cometas y bañarme contigo en el río; ahí estabas tú, el viejo Peter Pan, ahora vistiendo pantalones largos y ganando más de lo que merecías. ¿Y qué podía hacer yo, viuda e hija de minero muerto, más que sucumbir a tus peticiones? Debo decir que fue más fácil de lo que me hubiera gustado, tal vez porque todavía quedaban algunos vestigios de nuestro amor empolvándose en algún lugar de mi mente, tal vez porque los que ya estamos muertos ya no tenemos de que quejarnos, más que de que esta vida no se consume lo suficientemente rápido.

​Acuérdate, Pedro, acuérdate de cuando murió mi madre y murió tu abuelo. Acuérdate de como parecimos tan perdidos que ni siquiera las lágrimas lograban encontrarnos. Bueno, yo nunca supe si tú te sentiste así, pero a mí se me desaparecieron las horas y el sueño. Pero eran días preciosos, ¿lo recuerdas? “Que yo debía haber gritado; que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. […] ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana?” (Rulfo: 81). Con el cielo cargado de pájaros y un azul indescifrable, dime entonces cómo me pedían que llorara, cuando todo se veía más vivo que nunca. Pero la casa se pintó de negro, Justina se encargó personalmente de eso. Se deshizo en lágrimas tantas veces que no pude evitar compadecerme por su pañuelo, ya tan pesado de penas. Mamá no dejó nada, ni amigos ni dinero para el funeral ni pecados que perdonarle, así que los hombres alquilados para el entierro le hicieron eco a nuestros pasos, míos y de Justina, porque nadie más se acordó de venir al entierro. Eran días muy livianos, no los culpo por haberse olvidado.

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​Fue entonces cuando Bartolomé tomo sus cosas y mi mano y me arrastró en su búsqueda de minas, arrullándose con las ilusiones de hacerse rico. Así fuimos de un lugar a otro, cruzamos todo el país desenterrando piedras para terminar de hundir sus esperanzas. Había una mina, la Andrómeda, particularmente estéril de fortunas, fue irónicamente ese el único lugar donde lograste encontrarnos, y donde mi padre fingió que no lo habías hecho. Yo servía de traedora de tesoros. Me metía en los huecos, amarrada con una cuerda, “con mis pies bamboleando en el “no encuentro dónde poner los pies”.” (Rulfo: 96) Al final solo encontrábamos calaveras que se deshacían entre los dedos, como de azúcar pero de hueso, y algún otro artefacto inútil ante las expectativas de Bartolomé.

Decía que me quería, que era mi padre y me quería. Se escurría entre mis sábanas por las noches, en la oscuridad para que yo no pudiera verlo. Decía que así me quería. Supongo que creía que le creía, y tal vez yo lo creí también; supongo que llegué a hacerme pensar que Bartolomé San José era mi padre y que me quería. Por eso me quedé con él, por eso o porque no se presentaba nada mejor. Hasta que llegó Florencio y lo quise. Su piel sabía a costa entre mis manos de polvo y esqueleto. Pero mira que la alegría nos duró poco, porque me lo quitaron sin siquiera advertirme. El Señor no existe. “Le pedí su protección para él. Que me lo cuidara. Eso le perdí. Pero él se preocupó nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo. Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos” (Rulfo: 107). Tampoco entonces me encontró el llanto, aunque lo esperé por mucho tiempo, dispuesta a retorcerme de dolor apenas llegara.

Pero como nunca llegó regresé al infierno de los brazos arruinados de Bartolomé, que ya no tenía dinero ni para pagarse las ilusiones. Estalló la Revolución, esa que lo único que hacía era llenarnos el campo de muertos confundidos. Se volvió un lugar peligroso, y pude detectar entonces la más leve preocupación en los ojos de Bartolomé, que en medio de su desesperación recurrió a ti y a tus antiguas ofertas de trabajo. A mí lo que me sorprendió fue que siguieras insistiendo. Sabía que ya no eras Pedro, sino don Pedro Páramo. Sabía que don Lucas había muerto y que te había dejado todo, hasta lo que no era suyo. Sabía que te habías casado y que tenías un reguero de hijos por todo Comala, cada uno de una madre diferente. Me sorprendió por eso que me siguieras queriendo ahora que parecías tenerlo todo, pero yo no tenía nada, ni dinero ni tierras ni ganas de seguirme desgastando la vida en ese lugar tan perdido, así que regresé. Odiaba el pueblo, eso es cierto, pero ahí estabas tú, y lo que sentía por ti era lo más parecido a cariño que había sentido desde que murió Florencio. “He estado deseando tu muerte, para saber si así puedo llorar un poco. ¿No te he platicado nunca que jamás he llorado? Pero en cambio me gusta martirizar a la gente que quiero. Martirizarla con el pensamiento”. “¿Dices que estoy loca? Está bien.” (Rulfo: 82)

No entiendo por qué Bartolomé se sorprendió tanto cuando descubrió que solo me querías a mí. Tal vez le preocupó ya no poderse escabullir dentro de mis noches sin sueño para quererme como decía que me quería. Sí, yo creo que era eso, porque siempre supo que de administración él no sabía nada. Buscó pagarte con otra cosa, con su trabajo, con la Andrómeda, pero desde que regresamos a Comala nos olió el aire a que ya no había mucho que hacer después de que dictabas sentencia, así que se resignó con saber que yo estaba bien ahí, protegida de la Revolución. Ay, Pedro, si tan solo los dos hubiéramos seguido siendo los mismos, pero pues nada, no lo éramos y ya, no hay nada que hacer al respecto. “¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma?” (Rulfo: 90) ¿Cómo fue que se nos perdieron los sentimientos? Yo solo sé que llegué con la piel rellena de polvo y calaveras, pero bajo todo eso todavía me quedaba el recuerdo de ese día tan azul en el que murió mi madre. ¿Acaso no era alegre aquella mañana? La vida me sabía aún a eso, aunque tú no lo viste. “Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro” (Rulfo: 98), allá en las minas de la Andrómeda. ¿Pero el tuyo, Pedro Páramo? ¿Dónde quedó ese miedo que te mantenía humano?

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No dudo que me quisieras, sabía que me amabas tanto que hubieras abandonado la Media Luna con tal de verme cuerda otra vez. Sé que conociste las noches que pasé en vela, ahogándome entre las sábanas y las lágrimas que nunca me llegaron. “Si al menos fuera dolor lo que sintiera yo, y no esos sueños sin sosiego, esos interminables y agotadores sueños, tú podrías haberme buscado algún consuelo” (Rulfo: 107). Lo que probablemente nunca entendiste fue que me encerré dentro de mi cabeza para refugiarme del sol y de tu voz, porque tenías la voz cargada de muerte. Fue el apellido el que te echó a perder, por eso este pueblo lleno de hijos tuyos estaba tan envenenado. Don Lucas era otro, él si trabajaba, pero luego les hirvió la sangre a todos, en ese comal que era Comala. Se te olvidó esconderte del sol, Pedro, se te olvidó esconderte del sol porque te sentías superior a él. Y así terminaste seco por todos lados, como terreno baldío: como piedra. De noche no hay sol, solo estrellas y sombras, y el eco de las sombras. “¿Verdad que la noche está llena de pecados? […] ¿Y qué es la vida sino un pecado?” (Rulfo: 115). Me gusta pensar que en la oscuridad se desvanecían tu poder y mis recuerdos, y así, sin complejos de superioridad ni impotencia, nos convertíamos otra vez en Pedro y Susana y nos queríamos. Así podía quererte bien, sin necesidad de aprender a querer. Tal vez lloré un poco en las mañanas, cuando moría Pedro y aparecía Pedro Páramo, ese que tenía el corazón amargo de tanto esperar. Tal vez lloré por ti, pero no estoy segura, debió ser un llanto hacia adentro el que me oxidó a mí el subconsciente.

Siento que me desvanezco en suspiros calientes, que se me disuelve el alma en palabras que no recuerdo. Es en estos momentos en los que me siento más viva que nunca, cuando te veo ahí parado con cara de Florencio, cuando no toco polvo muerto sino arena viva. Quiero volver al mar, pero no creo que valga la pena abrir los ojos aquí en Comala, tan lejos del Cielo y tan por debajo del Infierno, tan lleno de locos que creen que estoy loca. ¿Estaré yo loca, Pedro? Dime la verdad, ¿valdrá la pena que me levante de esta cama solo para aventurarme en este manicomio de rezos y rosarios perpetuos? No, ya no quiero seguir adorando las ilusiones que llevaron a Bartolomé a buscar su suerte en la Andrómeda, ni las que pintaron de negro el vestido de Justina durante tanto tiempo. “Yo solo creo en el Infierno” (Rulfo: 116), yo solo sé que mi madre murió sola y que me quitaron a mi esposo, solo sé que hueles a muerte, Pedro Páramo. Así sé que el Cielo no existe, así sé la muerte nos alcanzó a todos mucho antes de que estuviéramos muertos.

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BIBLIOGRAFÍA
GOLLNICK, Brian, “Rulfo y la primera Susana San Juan: un mal amor”, Iowa literaria. Disponible en World Wide Web: http://thestudio.uiowa.edu/iowa-literaria/?p=301

RULFO, Juan, Pedro Páramo, México, Editorial RM, 2014.

Imágenes de la película Pedro Páramo de Mateo Gil: http://www.aieteariane.com/pedroparamo/imagenes.php