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La biblioteca de los libros asesinos

Gustavo Rubén Giorgi

Los procesos biológicos, los procesos políticos, la mecánica de nuestros procederes y el desenvolvimiento de las artes se parecen a un incansable fluir, en el que cada término de la serie reconoce antecedentes y consecuentes. De tal modo, según a qué singularidad se aplique este tipo de análisis, sería posible reconocerse en el pasado y proyectarse hacia el futuro. La relación aparece más nítida según la impronta del núcleo central en examen.

En 1980 se publicó Il nome della rosa, que llegó dos años más tarde a nuestro castellano con el título literalmente traducido de El nombre de la rosa, primera novela de Umberto Eco (Alessandria, 1932), un investigador italiano sólo conocido entonces en los círculos universitarios vinculados a la semiótica. El éxito del libro fue inmediato y clamoroso, transformándose en pocos años en un fenómeno de ventas y aceptación sólo parangonable tal vez con otros dos clásicos de la segunda mitad del siglo XX, El retorno de los brujos (Le matin des magiciens), de Louis Pauwels y Jacques Bergier, y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

Esta novela —extraordinariamente bien escrita y extraordinariamente entretenida— ofrece en su compleja estructura revisiones de géneros tan familiares y apreciados como la novela policial, la gótica y la histórica, además de plantear reflexiones filosóficas y políticas valederas para nuestra realidad, la de 1980, y aun la de hoy. El decurso de los años, seguramente, le seguirá otorgando nuevos perfiles de referente para todas las literaturas. Nosotros queremos evocarla a la luz de otros dos libros con los cuales integra una inquietante biblioteca de libros que matan, libros asesinos, por lo que convocamos a su antecedente, El maestro del juicio final, de Leo Perutz, y a su consecuente, Me llamo rojo, de Orhan Pamuk.

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El aficionado a la literatura policial está familiarizado con un término que, equivocadamente, suele atribuirse sólo al arma homicida o a la víctima. Nos referimos al cuerpo del delito. Los formados en derecho saben que el concepto es más complejo, ya que comprende el corpus criminis, que denota al objeto sobre el que el hecho ha recaído; el corpus instrumentorum, o instrumento utilizado para cometer el hecho y el corpus probatorium, que supone la manifestación de los síntomas de la ocurrencia del hecho, recogidos por cualquier medio de prueba.1 Es insólito que todos estos elementos coincidan hasta constituir un corpus delicti, obtenido interpolando sagazmente todos sus elementos constitutivos. Lo hace Leo Perutz (Praga, 1882; Bad Ischi, 1957) en su novela de 1923 El maestro del juicio final (Der Meister des Jüngsten Tages), hasta el punto de oscurecer la noción jurídica misma al contrabandear con maña en el asunto los aspectos psicológicos; poniendo en entredicho la cuestión del libre albedrío en la comisión del hecho, torna borrosa la distinción entre el delito y su cuerpo, que no es más que su materialidad, su manifestación en el mundo exterior.2 Esta maravillosa confusión entre objeto pasivo, agente y cuerpo del delito la consigue con un libro. Quien lo lea, hallará un planteo más o menos común en el género, esto es, unidad de tiempo, acción y lugar como en el teatro clásico, resuelto en una reflexión sombría: todos estamos dispuestos al asesinato, así como todos merecemos ser víctimas de él. El palimpsesto que oculta el libro terrible brinda la solución al enigma supremo y representa un desafío al que ningún ser humano es capaz de resistirse por su innata vocación de saber.

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En 2006 el Premio Nobel de Literatura honró a la lengua turca por primera vez en la persona de Orhan Pamuk (Estambul, 1952), autor, entre otras muchas novelas, de Me llamo rojo (Benim Adim Kirmizi), publicada en 1998. Una vez más, la fórmula de crimen en clave alegórica ambientado en cuidada reconstrucción de época —el Imperio otomano del siglo XVI— le posibilita al autor honrar a un género que ha sido iniciático para muchos, muchísimos escritores, y a la vez reflexionar sobre el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, la ambición de poder y la pulsión cainita, rasgos que parecen constituir la matriz de la laya humana en todos los tiempos.

En este caso el libro fatal no habla sino por imágenes cuya reproducción de la realidad a través de la perspectiva, descubierta por los pintores occidentales, desata entre gobernantes, iluminadores y fanáticos religiosos espasmos de violencia a la manera que estamos lamentablemente acostumbrados. Parece un juego de palabras, pero la connotación semántica de la causa del conflicto es equivalente a su explicación: el problema es una descripción nueva de la realidad por medio de la (otra) perspectiva.

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En El nombre de la rosa quienes perseguían la lectura del libro prohibido (el segundo de la Poética, de Aristóteles) pagaban con la vida el ansia de traspasar un límite considerado irrebasable por un guardián del orden establecido. Se intoxicaban, simbólicamente, con la verdad. Tanto en El maestro del juicio final como en Me llamo rojo encontramos aquí y allá un aire de familia que atraviesa las tres obras en cuanto a propósitos, idea y ejecución. Veamos si es posible penetrar esta delicada trama de intertextualidades.

El libro fatídico de Eco mata con el veneno impregnado en sus hojas, que no es posible pasar sino humedeciendo los dedos en la lengua para vender la resistencia del pegajoso pergamino. Casi como Perutz, quien deposita en su volumen una receta alucinógena que lleva al lector a visiones intolerables sobre sí mismo que conducen al suicidio. En la novela de Pamuk, en cambio, la novedad consiste en una representación nueva de las cosas. Entre los dos primeros libros nombrados damos con la coincidencia del castigo ínsito en la transgresión. (Como dice el refranero, en el pecado está la penitencia). Entre el primero y el tercero el móvil del crimen es la preservación del inmovilismo cultural y, consecuentemente, social y político. En los tres la muerte se cifra en la lectura de un libro prohibido. No parecen casuales tantos contactos.

Todos ellos, asimismo, comparten inquietudes filosóficas. Por ejemplo, la noción platónica del arquetipo está tanto en El nombre de la rosa como en Me llamo rojo, referida en ambos casos a los caballos. Así, la descripción de la novela de Eco:

—¡Vamos! —dijo Guillermo—. Es evidente que estáis buscando a Brunello, el caballo preferido del abad, el mejor corcel de vuestra cuadra, pelo negro, cinco pies de alzada, cola elegante, cascos pequeños y redondos pero de galope bastante regular, cabeza pequeña, orejas finas, ojos grandes (…).3

encuentra eco en esta de Pamuk:

…el buen caballo tiene una hermosa cara y ojos de gacela y sus orejas son rectas como cañas y el espacio entre ellas es amplio; el buen caballo tiene dientes pequeños, frente abultada, cejas ligeras, es largo de cuerpo, de largas crines, breve de cintura, de nariz pequeña, hombros estrechos y lomo ancho y liso; de muslos plenos, largo de cuello, amplio de pecho, con la base de la cola ancha y la entrepierna carnosa. Debe ser orgulloso y elegante y caminar como si saludara a ambos lados.4

Las autoridades invocadas son, respectivamente, Isidoro de Sevilla y Fadlan de Bujara, y ejemplifican dos versiones de “lo ideal”; sin que se deba soslayar que en el Islam, el Corán puede ser considerado el arquetipo platónico por excelencia, ya que, increado, estaba en la mente de Dios antes de la creación del mundo. Otros contactos evidentemente deliberados puso el escritor turco en torno a la teoría de la inmanencia, la ceguera, la existencia de una Edad de Oro, la eterna recapitulación de un saber estático y extático.

Por su parte, Eco homenajea a Perutz en la elección de un libro homicida, en la ingesta de tóxicos y en la aparición de un palimpsesto. Juguetonamente, alude a su predecesor dándole un lugar en la trama a las trompetas del Apocalipsis-Juicio Final; reflejos de los que participa también Pamuk aceptando el reto de la sinestésica visión del horror planteada por Perutz, a cuyas víctimas se les hace insoportable no el sonido de los instrumentos del Día de la Ira sino su color, nunca visto. Y que es, el lector lo habrá adivinado, el rojo.

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Los tres libros asesinos perecieron: el códice premonitorio destrozado por su última víctima, en algún rincón de la Viena imperial; el Aristóteles perdido, en el incendio de la biblioteca que arrasó la abadía benedictina; el de las pinturas heréticas, desguazado y dispersas sus imágenes como hojas en un bosque de hojas caducas.

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Si bien se mira, el libro es, ha sido y será el vehículo de transmisión del conocimiento y el soporte en el cual adquirirlos por excelencia. Por eso llamamos libro a las tablas de arcilla de los sumerios, a los papiros egipcios, a los pergaminos de la Antigüedad clásica, a “nuestro” libro impreso, a los incipientes libros digitales. ¿Por qué no considerar, entonces, al fruto prohibido del Edén como el libro primigenio, ya que en él se dan todos los elementos que lo configuran?

Dios permitió que Adán y su esposa Eva comieran los frutos de todos los árboles de Edén, menos los del Árbol de la Ciencia del Bien y del mal, pues probarlos e inclusive tocarlos implicaría la muerte (…).

Cuando hubieron comido, Adán y Eva se miraron, y viendo de pronto que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones (…). Dios preguntó: “¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol que te prohibí comer?” (…).

Dios (…) se dijo: “He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre”.

(…)

La serpiente empujó rudamente a Eva contra el Árbol de la ciencia y le dijo: (…) “Tú y Adán, creados los últimos de todos, gobernáis el mundo; comed, por consiguiente, y sed sabios, no sea que Dios envíe nuevos seres que usurpen vuestro gobierno”.5

Así narrado el mito de la Caída, hay en él los tres signos de la humanidad: el libre albedrío, la pasión por la sabiduría y nuestra condición de mortales. ¿Es también este un libro asesino?

Señalan Robert Graves y Raphael Patai:

Los comedores de ambrosía gozan con frecuencia una sensación de sabiduría perfecta, resultado de una estrecha coordinación de sus facultades mentales. Puesto que “conocimiento del bien y del mal” significa en hebreo “conocimiento de todas las cosas, buenas y malas”, y no se refiere al don de la elección moral, el “Árbol de la Vida” puede haber sido en un tiempo el árbol en que se daba un hongo alucinógeno particular. Por ejemplo, en el abedul se da la amanita muscaria, que comen sacramente ciertas tribus paleosiberianas y mongólicas.6

En aparente contradicción con los mitógrafos, pero en el mismo orden de ideas, el relato de la caída y el castigo divino para la mujer de parir con dolor, ha motivado esta aguda observación de Carl Sagan:

Que yo sepa, el alumbramiento es normalmente doloroso en una sola de los millones de especies animales que pueblan la tierra: la del ser humano. Posiblemente ello sea consecuencia del reciente e incesante incremento de la capacidad craneal (…).

En el libro del Génesis hallamos una insólita explicación del nexo entre la evolución de la inteligencia y el dolor del parto. Como castigo por comer la fruta del conocimiento del bien y del mal, Dios dice a Eva: “Parirás con dolor” (Génesis 3, 16), Es interesante hacer notar que Dios no prohíbe la adquisición de todo conocimiento, sino, de manera específica, el conocimiento de la diferencia entre el bien y el mal, es decir, los juicios abstractos y morales, que de residir en alguna parte del cerebro se ubicarían en el neocórtex.7

Entendemos que la autorizadísima Biblia de Jerusalén comparte, completa y aclara los puntos de vista de los sabios:

No es, pues, ni la omnisciencia, que el hombre caído no posee, ni el discernimiento moral, que ya poseía el hombre inocente y que Dios no niega a su criatura racional. Es la facultad de decidir por uno mismo lo que es bueno y lo que es malo, y de obrar en consecuencia: una reclamación de autonomía moral por la que el hombre no se conforma con su condición de criatura (…).8

Reflexiones finales. Por ejemplo, la evidente relación de la novela de Perutz con el Libro del Génesis, cuya lectura maldita supone una receta alucinógena como enseñan los mitógrafos. O esta otra, que carga con la rémora de pertenecernos. El libro, trátese de volúmenes emblemáticos o no, es siempre un asesino. Precisamente, un asesino de nuestra inocencia. El precio de la sabiduría y la abstracción es anoticiarse de la inevitabilidad de la muerte y, por consiguiente, la adquisición de la angustia; los animales, que no piensan, carecen de la aptitud de abstraer nociones como futuro, finitud o inmortalidad. La sabiduría que hemos sido capaces de adquirir determina nuestra condición y nos entera sin dudas de nuestra contingencia. Perutz, Eco y Pamuk expresan alegóricamente que cuando enfrentamos otras realidades conocemos que no somos los únicos, que no somos los mejores, que no somos buenos, ni perdurables.

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Tentados estuvimos de engrosar el inventario con otros libros que, si bien no nos consta que hayan matado, en cambio sabemos que han sido pródigos en infundir locura y pavor indescriptible: el Necronomicón de Howard P. Lovecraft, El Rey de Amarillo, de Robert W. Chambers y El libro de arena, de Jorge Luis Borges. Pero, prudentemente, preferimos no usurpar jurisdicción ni atropellar competencia, porque más que filosófico-histórico-policiales códices son éstos que parecen propios de la literatura fantástica.

Referencias

Cafetzoglus, Alberto N. Derecho procesal penal. Provincia de Buenos Aires, Capítulo séptimo.
Conf. Ibídem.
Op. cit., Primer Día, Prima.
Op. cit., cap. 42.
Génesis, III,; 1, 2, 4, 5. En: Graves, Robert, y Raphael Patai. Los mitos hebreos, cap. 12.
Graves, Robert, y Raphael Patai. ibídem.
Sagan, Carl. Los dragones del Edén, cap. 4.
Op. cit., Desclée de Brouwer, nota a Génesis, 3, 5, 22.

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