El arte de no escribir

Carlos Yusti   Según algunos entendidos escribir es fácil, lo difícil es no escribir. Es que a veces entre escribir bien o escribir mal, siempre se opta por lo último. Lo importante es no dejar de estampar la gusanera tipográfica que hierve en la punta de los dedos. Hoy escribir se ha alejado bastante de […]

Carlos Yusti

 

Según algunos entendidos escribir es fácil, lo difícil es no escribir. Es que a veces entre escribir bien o escribir mal, siempre se opta por lo último. Lo importante es no dejar de estampar la gusanera tipográfica que hierve en la punta de los dedos.

Hoy escribir se ha alejado bastante de ese sueño romanticón de las musas como acicate para la escritura. Al parecer escribir es una actividad que cualquier fulano/fulana de los palotes puede aprender. Ya no hay secreto creativo ni magia, y las musas están en la senectud más aparatosa: desdentadas y con los senos flácidos, ya no seducen a nadie. Con eso de la inspiración sucede otro tanto. “La inspiración es la ocasión del genio”, expresó Honoré de Balzac, cuyo trabajo de jornalero nocturno con las palabras es proverbial. No obstante esa chispa, ese fulgor que ilumina como un fogonazo el corazón y la mente del escritor es sólo palabrería mítica de una profesión donde la corrección, el tachar, el volver a escribir es rigurosa tarea con las palabras. Gustave Flaubert, quien supo padecer la escritura con extrema soltura masoquista, escribió: “Sólo se llega al estilo por medio de un trabajo atroz, de una obstinación fanática y devota”.

Las grandes obras literarias se cincelan golpe a golpe sobajando ese gran bloque de granito que es el lenguaje. James Joyce ha descrito en algunas cartas su desesperación al trabajar en su libro Ulises: “Me parece que lo que asombra a la mayoría de la gente de una novela larga es la energía y la paciencia extraordinaria que ha desplegado el escritor. Podría, si quisiese, escribir novelas cortas sin dificultad, pero lo que me propongo trabajar en esta novela no se puede trabajar más que con un esfuerzo continuo (carta a Stanislaus Joyce, Pola, 28 de febrero de 1905). En una carta a Harriet Shaw, refiriéndose al capítulo de las sirenas, escribe: “He leído ese capítulo varias veces. Tardé cinco meses en escribirlo. Cada vez que termino un episodio caigo en una apatía total de la que parece imposible que salgamos yo y el maldito libro”. En otra carta a la misma Harriet: “Confieso que es un libro verdaderamente agotador, pero es el único que soy capaz de escribir ahora”. Como se aprecia, eso de escribir está lejos de esa playa de placidez para broncear el ego. El secreto de la gran escritura está en ese trabajo de carpintería de corregir, de tachar y pulir hasta el agotamiento la frase, el párrafo o una página completa. En eso Flaubert fue un maestro: “Dios da el genio, pero el talento es cosa nuestra; con un espíritu recto, amor por la forma y una paciencia sostenida, llegamos a tenerlo. La corrección (en el sentido más elevado de la palabra) tiene sobre el pensamiento el mismo efecto que el agua de la laguna Estigia en el cuerpo de Aquiles: lo vuelve invulnerable e indestructible”.

Para aprender a escribir los interesados pueden llegarse a un taller poético (o como se les denomina ahora “clases de escritura creativa”). Lo primero que hará el que funge de profesor es desinflar los globos de colores de sus aspiraciones de escribir grandes obras; como si de un desahogo de bullying creativo se tratara, pincha con malignidad aquí y allá. Además dice tajante que escribir no es más que faena negrera con el lenguaje, que eso de la inspiración es pura bisutería que compran los incautos por joyería de marca. De lo que se trata es de construir frases, de armar párrafos con mucha carpintería y albañilería en demasiado, con la rusticidad del caso por supuesto. Que la corrección es el trabajo sucio y una parte esencial a la hora de vérselas con las palabras. Un punto mal ubicado, una palabra sin angelación alguna puede decidir el destino de un texto y por ende su destino (aquí con cierto dramatismo hamletiano) como escritores. Se escribe sacándole punta al borrador. Tachar… tachar… borrar… borrar hasta llegar al hueso limpio y luminoso de la frase, del párrafo con arte, gramática y cuantiosa autoflagelación.

En esto de no escribir se podría apelar a Cortázar y borronear un Breve manual para no escribir (o Instrucciones para no escribir): 1) Mire la hoja en blanco (si es un dinosaurio al que no le inquieta la atención, esos artefactos que llaman computadora) o en todo caso observe fijamente la pantalla y cuente las veces que titila la rayita vertical del cursor. 2) Levántese y camine por el cuarto o la habitación donde no pretende escribir. 3) Ponga algo de música. 4) Busque una libreta y haga muñequitos y garabatos. 5) Plántese de nuevo en la pantalla o en la dinosáurica máquina de escribir. 6) Estire el cuello y mueva la cabeza como si se tratara de un péndulo. 7) Agarre el celular y envié algunos wasap. 8) Observe con atención cómo está desordenado (u ordenado, según el caso) su escritorio. 9) Hojee alguna revista de farándula. 10) Lea algún libro de poemas. 11) Devore un suplemento de comiquitas. 12) Salga despavorido del cuarto y huya como un desesperado durante toda su vida de la página en blanco.

En todo esto, ¿dónde encaja eso de NO ESCRIBIR? Sencillo. El arte verdadero se encuentra en no escribir. En aplazar siempre escribir la primera frase, colocarle el punto y seguido al primer párrafo. Enrique Vila-Matas los llamó “escritores del no” y para ello se amparó en ese personaje creado por Herman Melville, Bartleby, de profesión escribiente que un buen día decide no copiar un documento más y se queda de brazos caídos mirando un muro de ladrillos. Los escritores del no pueden dividirse en dos grupos: aquellos que escriben y de manera abrupta dejan de hacerlo. Allí puede entrar Juan Rulfo, J. D. Salinger, Rimbaud y un buen etcétera. El otro grupo está integrado por quienes mentalmente elaboran una gran obra y jamás llegan a concretarla y dejan al final notas, hojas sueltas o cuadernos con una escritura escueta. En dicho lote se puede mencionar a Joe Gould, Félix E. Bigotte (de nuestro patio), Georg Christoph Lichtenberg, Joseph Joubert y algunos otros.

Para ingresar al selecto grupo de los escritores del no algunos autores recurren a medidas extremas como el suicidio, como David Foster Wallace o Cesare Pavese. Otros menos extremistas sencillamente se jubilan, como el caso de Alice Munro, quien aduce cansancio. Por su parte, Philip Roth dijo: “Ya no siento ese fanatismo por escribir que sentía antes”. Quizá lo escrito por Macedonio Fernández pueda ser la guinda de todo esto: “No puedo ser escritor perpetuo y empezar con tonterías de viejo; yo no creo en los viejos: la bondad es el único ornato y misión de los viejos; después de los 45 años no se debe escribir y si lo hago es porque todo lo tenía pensado y escrito casi antes de los 40. Después de este año yo no escribiré más y no daré el lamentable espectáculo de los seniles que creen que la humanidad no da un paso si no lee un artículo de sandeces sabias de un anciano célebre”.

Samuel Beckett, en su novela El innombrable, escribe: “…Hay que decir palabras, mientras las haya, hay que decirlas, hasta que me encuentren, hasta que me digan, extraño castigo, extraña falta, hay que seguir, acaso esto se haya hecho ya, quizá me dijeron ya, quizá me llevaron hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que da a mi historia, esto me sorprendería, si da, seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir”.

Susan Sontag analiza, en un viejo ensayo, de forma paralela, la posición de Rimbaud, quien abandona la poesía para irse a Abisinia a traficar con personas; la de Wittgenstein, que deja la filosofía y opta por un trabajo de enfermero, y la de Marcel Duchamp, que abandona el arte y se dedica al ajedrez. Sontag analiza esta renuncia, este silencio autoinfligido, y escribe: “Consagrado a la idea de que el poder del arte estriba en su poder para negar, el artista considera que su arma suprema en la guerra incoherente con su público consiste en deslizarse cada vez hacia el silencio”.

El silencio espera a todo escritor, va chorreando entre las palabras que escribe. Aunque uno le dé la espalda a las palabras, el silencio es una contundente enseñanza zen: “Permite que el silencio te hable; permite luego que el silencio hable por ti. Y permite, finalmente, que el silencio sea nada más que silencio: la verdadera voz de tu naturaleza original”.

Ilustración Darianna Espinosa

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