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ECO DE LA MONTAÑA DE NICOLÁS ECHEVERRÍA

 

Marisol Pardo Cué

Ellos son el tigre y nosotros, el toro que defiende
el lugar sagrado. La mina es como nuestro cuerpo.
El oro, como la vida. La plata es como el hueso de
nosotros. El agua, la sangre de nuestras venas…
Está escrito que esta tierra no debe ser dañada.
Santos de la Torre

La realidad de la ficción consiste
en asegurar su verosimilitud,
mientras que la ficción del
documentalismo depende de la
ilusión de objetividad.
Claudio Culis

Cuando en 1997 se inauguró la imponente obra en chaquira que cubre uno de los muros de la estación del metro Palais Royal en el museo de Louvre, regalo del presidente Ernesto Zedillo a su homólogo francés Jaques Chirac, don Santos de la Torre, el artista huichol que le dio vida, no fue invitado. La causa: el indígena había hecho pública la denuncia expuesta por falta de pago. 15 años después, tras descubrir el mural, el productor de cine Michael Fitz Gerald decidió, según sus propias palabras, hacer un documental sobre su origen por lo que buscó a Nicolás Echeverría (Cabeza de Vaca; María Sabina, mujer espíritu; El niño Fidencio, taumaturgo del Espinazo), realizador experimentado en la producción de películas sobre el mundo indígena, para que rastreara a su desconocido autor y filmara su historia. El encuentro de director y artista dio la pauta para hacer una cinta que parte del agravio para establecer un viaje por la vida y cosmogonía del pueblo huichol a partir de una obra nueva encargada a don Santos. Echeverría acompañó al artista y su familia en un viaje por sus lugares sagrados: desde Wirikuta, sitio emblemático donde nació el sol, según las creencias wixárikas, hasta San Blas, Nayarit, donde se creó al hombre, para pedir a los dioses permiso y la sabiduría necesaria para la creación de un nuevo mural.

A pesar de que se le suela ubicar en oposición al cine de ficción, el documental tiene también la libertad de echar mano de la inventiva (que no es lo mismo que la mentira), para lograr sus propios fines estéticos. Eso es lo que la distingue del reportaje. De hecho, cuando a mediados de los años veinte el cineasta John Grierson acuñó el término documental (documentary), lo definió como “un tratamiento creativo de la realidad”, de ahí que las fronteras entre uno y otro cine sean cada vez más porosas. El documental tiene como objetivo pasar a ser registro de esa memoria que no sólo inscribe y evoca sino que construye, transforma, olvida. Eco de la montaña tiene la virtud de orillar a la empatía pues, por medio de un carismático personaje, reconstruye una historia olvidada de una manera intimista, hace visible lo invisible y convierte al espectador en actor. Durante su desarrollo acompañamos a don Santos, a su familia, y al chamán que los guía en su peregrinación por la llamada “Ruta del Peyote” (ese “ojo de Dios” y “ojo de la montaña”, cuya ingestión confiere poder, energía y sabiduría), y los lugares sagrados del pueblo wixárika, al tiempo que nos convertimos en testigos del proceso creativo de un nuevo mural en cuya explicación se encuentra la visión del creador sobre la historia, la cosmogonía y las prácticas religiosas de su pueblo. En la película se muestra el profundo sentido sagrado que los huicholes ponen en lo que nosotros consideramos artesanía -desde los rituales que religiosamente realizan para ponerse en contacto con los dioses y facilitar su trabajo hasta el significado espiritual que le brindan y el importante lugar que le otorgan en su vida y labor cotidiana-; la larga y afanosa lucha por preservar sus costumbres pero, también, la manera en que han ido adaptándose a muchas prácticas de la cultura occidental. Por ello escapa a la categoría de “exotista”, pues lejos de regodearse en desgastados estereotipos, muestra a un pueblo que vive en la constante tensión de resistencia y adaptación al ritmo de la vida urbana y moderna. En algunas escenas, don Santos expresa su pesar porque las generaciones jóvenes no visten como ellos y porque su comunidad esta siendo paulatinamente abandonada por las presiones de las compañías agroindustriales y mineras, al tiempo que usa automóvil y teléfono celular, trabaja en un taller citadino y, al visitar los museos zacatecanos interpreta lo que ve no sin expresar cierto desconcierto. Ello es sintomático de la particular relación que tienen los huicholes con lo que nosotros llamamos arte: para ellos, en cada uno de sus tablas de estambre o chaquira llamadas nierikas, el pintor iniciado trasmite su experiencia visionaria de la cosmogonía del pueblo por lo que las piezas están destinadas a abrir los ojos del no iniciado. Por ello su relación con los rituales y peregrinaciones.

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La impecable y magistral fotografía (a cargo de Sebastián Hoffman) nos muestra una realidad imponente mientras que el fluido manejo de cámara hacen de nuestro peregrinaje un vívido ritual. Tal vez el título, Eco de la Montaña, que remite al nombre huichol de don Santos, bien pudo haber sido Nierika pues, dado que para sus creadores el término significa también “ver”, “estar consciente” y “estar vivo”, el concepto resultaría apropiado para una película que lo que pretende es abrirnos los ojos a una realidad otra, plena de vitalidad aunque amenazada de muerte. La película funciona tal y como lo hace la inscripción que los huicholes escriben atrás de sus tablas en la que se aclara el significado del dibujo. En ella, el propio artista explica los elementos del mural que se documenta, muy diferente al que está en París. Éste, a manera de códice, funge como guión de la película. Su elaboración va tejiendo, de cierta manera, a la propia cinta.

El largometraje, ganador del premio Mezcal a la mejor película mexicana en el pasado Festival Internacional de Cine de Guadalajara, es del tipo de documental que indaga en la realidad, denuncia injusticias, promueve causas y, con suerte, llama al espectador a tomar partido y a actuar. Lejos de ser panfletaria, denuncia de modo claro pero sutil la permanente amenaza que se yergue sobre el pueblo huichol con las concesiones que el gobierno federal ha otorgado a diferentes trasnacionales mineras extranjeras (sobre todo canadienses) para explotar los lugares sagrados wixárikas con fines comerciales, poniendo en riesgo uno de los sitios de oración indígena más importantes de nuestro país.

Eco de la montaña, en palabras del realizador, trata de reivindicar no sólo al artista olvidado sino a su comunidad al develar una realidad tremenda: el olvido de Santos de la Torre resume el olvido de su pueblo. El artista despreciado, aislado e ignorado constituye la metonimia de los wixarikas y éstos, a su vez, la de todos los indígenas de nuestro país. De Nicolás Echeverría su director puede decirse lo que Octavio Paz escribió sobre Robert Gardner, su maestro: “Su cámara mira con precisión y siente con simpatía: objetividad de etnólogo y fraternidad de poeta”.

 http://ecodelamontaña.com/