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Cuando la literatura se transforma en película

Estrella Cardona Gamio

La cuestión de las adaptaciones no siempre resulta adecuada y más de una excelente novela se ha visto estropeada por esta causa. La primera vez que supe de la existencia de la novela Rebecca era yo una niña pequeña, lo suficiente como para que me dejaran entrar en el cine con mi madre y mi tía, suponiendo que no me iba a enterar de nada. Me explico, entonces había películas no aptas para menores y Rebecca era una de ellas, por lo que se decía sotto voce que el ama de llaves y Rebecca se entendían, pero no llegué a enterarme y el único recuerdo que conservo de la película fue cuando la segunda esposa de Max de Winter se pone a dibujar vestidos de disfraz para un baile.

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No sé por qué extraña razón me fascinó el ver cómo ella dibujaba una y otra vez llenando hojas y más hojas que luego no utilizaba, quizás porque a mí también me gustaba dibujar, salvando las distancias, claro, y en casa más tarde la imité durante unos días. Sin embargo, no fue hasta mis diecinueve años que leí Rebecca, y fue por pura casualidad que encontré, en la librería del barrio, el único ejemplar de su novela, novela prácticamente anatemizada por considerarse una novela maldita. ¡Cuánta tontería! Rebecca es y será siempre una novela maravillosa, muy bien escrita y con unos personajes, todos, perfectamente bien dibujados. Debo reconocer que me marcó profundamente al identificarme con la protagonista, pues yo por aquel entonces era una muchacha muy tímida y apocada.

Hoy, desde hace ya años, tengo la película en mi casa y siempre que la veo no hago más que decirme lo bien hecha que está, y el mérito no es de Hitchcock, sino del productor, David O’Selznick, cuando la rescató de sus manos al prohibirle realizar «innovaciones», excesivamente personales y en todo alejadas del argumento. Lo que hizo que el director se enfadara tanto que se desentendió del film, afortunadamente para la novela de Daphne du Maurier. Este detalle poca gente lo conoce pero se halla en una biografía suya. Como curiosidad citaré que Laurence Olivier quiso que fuese su mujer, Vivien Leigh, la protagonista, pero como no daba el personaje de la jovencita introvertida, no se la aceptó, siendo la elegida una dulce Joan Fontaine.

001_pOtro libro, en este caso de Stefan Zweig, que dio lugar a una exquisita pelícu-
la dirigida por Max Ophüls, fue Carta de una desconocida, casualmente tam-
bién con Joan Fontaine de protagonista y Louis Jourden, un galán que encajaba a la perfección con el personaje masculino. Hoy en día, y ayer también, que muchas novelas antes de ser leídas nos entran por los ojos, descubrir esta romántica película es todo un hallazgo de sensibilidad y buen gusto. La historia de la muchachita que se enamora de su apuesto vecino y le sigue, de lejos y de cerca, durante toda su existencia, sin revelarle nunca, hasta el final y por carta, quién fue y cuánto le amó, es propia de otra época, pero conquista por su sencillez y encanto al retratar el temperamento femenino y el masculino. Ella le entrega toda su vida y él ni se acuerda de su nombre, una película magnífica que sigue fielmente la novela y no puede defraudar a nadie.

El siguiente ejemplo, nueva muestra de sensibilidad y buen hacer, para los tiempos que corren, es Los puentes de Madison County, siendo lo que más desconcierta de este film que el galán, y director, fuese un duro Clint Eastwood, más apropiado para westerns y películas de acción, pero sorprendente aquí en un papel tan romántico y delicado. La novela de Robert James Waller está muy bien escrita y te maravilla por su temática al tratar de una manera tan poética el adulterio, que el final rubrica de una forma lógica aunque triste. Es una novela viva muy bien llevada a la pantalla y se lo debemos a su autor, que por cierto falleció en marzo de 2017. Un hombre cuya vida se parece mucho a la del protagonista de su novela, cosa que me hace suponer que es autobiográfica.

No podría pasar por alto la mención de una gran película extraída a su vez de una gran novela, novela río que su autora, Margaret Mitchell, tardó doce años en escribir mientras se iba documentando de forma minuciosa, o sea, Lo que el viento se llevó, novela histórica aderezada con un atípico argumento amoroso cuyo final sorprendió desagradablemente tanto a lectores como a espectadores.

Motivo por el cual, muchos años más tarde, se hiciera otra versión escrita como segunda parte, esta vez con final feliz, que poco éxito tuvo así como también su versión filmada para la tele con un par de protagonistas de no muy acertada elección.

La película que todos conocemos, una obra maestra de la cinematografía por cuanto se cuidó el detalle con gran rigurosidad, es otra película que podríamos llamar de autor ya que el mismo productor de Rebecca fue quien manejó los hilos de la obra. Y hubo mucho que manejar; convencer a Clark Gable el primero  ya que no quería interpretar ese papel; buscar a la heroína, que no apareció hasta ya empezado el film, o sea Vivien Leigh, y cambio de directores sucesivas veces. En fin, que fue un constante movimiento sobre la marcha y muy alto habla de la maestría de David O’Selznick, que el trasiego de directores no se note en una película que parece hecha de un tirón y sin ningún tropiezo, ya que se desliza suavemente careciendo de obstáculos hasta su desenlace. Hay que comentar la anécdota de que Margaret Mitchell quería a Basil Rathbone como Rhett Butler, y que sólo después de una conversación privada con Clark Gable aceptó la sustitución.

Lo que el viento se llevó es una adaptación muy bien hecha de la novela aunque haya algún cambio en la película; por ejemplo, que el único hijo que tenga Escarlata sea la niña hija de Butler.

A destacar como curiosidad, que el film se empezó a rodar con el incendio de Atlanta, que fue precisamente realizado aprovechando los viejos decorados en donde se rodara King Kong, y que el personaje de la protagonista le fue presentado al productor por su hermano, ante aquel monumental escenario en llamas de telón de fondo.

Cierro este pequeño resumen con otra película mítica, cuya novela pasó sin pena ni gloria en su tiempo y encima se la tildó de «impropia para haber sido escrita por una mujer», e incluso llegó a atribuírsele la autoría a su hermano, me estoy refiriendo a Cumbres borrascosas, la única novela que escribiera Emily Brontë y que le ha otorgado la inmortalidad.

Una obra no excesivamente larga y escrita con una frescura de lenguaje que no corresponde a su época; eso me hace compararla con Margaret Mitchell, autora también de una sola novela aunque en este caso se tratara de una obra histórica y de muchísimas páginas.

1899

Emily Brontë empleó un lenguaje inusual para la época y yo me atrevería a calificarla de primera novela moderna, una obra que aventaja con creces a las de su hermana Charlotte, ésta mucho más dentro de los gustos literarios imperantes entonces.

En cuanto a la primera película que se hizo de Cumbres borrascosas, y que contó con Merle Oberon como Catalina, no sé si es porque fue la primera en filmarse, pero marcó un patrón muy definido con el recorte incluido de la segunda parte de la novela dedicada a la hija de la protagonista, lo que viene a dulcificar la rudeza del argumento. A pesar de esto, el film tenía un innegable encanto y además contaba con dos intérpretes masculinos de la talla de Laurence Olivier y David Niven.

 

Ninguna de las versiones que se han hecho después ha conseguido superarla.

La cuestión de las adaptaciones no siempre resulta adecuada y más de una excelente novela se ha visto estropeada por esta causa. Por ese motivo una novela como, por ejemplo, El libro de la selva, de Rudyard Kipling, ha sido destrozada en la última versión, al darse mayor importancia a los efectos especiales, Mowgli entre las fieras, que a la historia del niño perdido en la selva. La primera versión fílmica que se hizo con Sabú de protagonista se acercaba más al argumento aunque seguían faltando capítulos. Cada capítulo corresponde a un episodio de la obra y no encuentro apropiado el que se omitan, es mutilar la novela, escrita para niños pero muy recomendable para mayores. Porque la buena literatura no tiene edad.

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