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Cuando el arte predice el futuro

Estrella Cardona Gamio

Hace muchos años, estudiando yo historia del arte, leí algo que me sorprendió bastante por lo absurdo que me pareció en un principio, y, si no absurdo, fuera de lugar; leí que las representaciones artísticas, pintura, escultura, música y literatura, se anticipaban en su concepción al desarrollo de los acontecimientos históricos, prediciendo lo que iba a suceder al cabo de unos años. Obviamente esto sucedía a partir de una determinada época: cuando el artista se liberaba de las influencias del Estado o de las religiones, como ejemplo recordemos al Egipto de los faraones, en el cual el arte obedecía los dictados del alto sacerdocio, y también a la cascada de santos y vírgenes que reinaron indiscutidos bajo las directrices cristianas, y de las que sólo se escapaban los retratos personales de grandes personajes que así satisfacían su vanidad al ser inmortalizados por famosos artistas. Algunas veces hubo escapadas a la vida normal con naturalezas muertas, escenas bucólicas o cotidianas, la escuela holandesa, pero siempre bajo imperativos de la clientela rica y adocenada. En cuanto a los cuadros que recreaban escenas mitológicas constituían una culta concesión a los clásicos, aprobada por el status vigente.

Fue al liberarse el arte de ideologías impuestas y encargos bien pagados, cuando el artista se avanzó a su tiempo convirtiéndose en lo que denominaríamos adivino, profeta o precursor del futuro por venir.

Podría afirmarse que la revolución empezó con Mozart quien se atrevió a romper con mecenas y protectores, entonces nobleza o altas jerarquías eclesiásticas, para desarrollar su creatividad libremente, después vinieron todos los demás, los románticos, etc.

En pintura, cubismo, arte abstracto, surrealismo, dadaísmo, estos dos últimos principalmente, influyeron mucho en la literatura, pero todas estas corrientes venían a hablarnos sólo de una cosa, del caos que se avecinaba, y que empezó en la guerra del 14 robusteciéndose en la década de los años 30, ejemplo Kafka uno de sus mejores profetas con el mundo desquiciado que nos presentaba y no me refiero ahora a La metamorfosis, demasiado autobiográfica, sino a El castillo y a El proceso, por no decir a toda su obra.

En la pintura un mundo de locos, en la música el experimento dodecafónico, en la escultura una trasgresión de la belleza pretendiendo que se buscan unos orígenes puros, y en la literatura argumentos trastornados en apariencia, que, más tarde, desgraciadamente, tuvieron su confirmación. El mundo al revés, que fue el mundo que tuvimos en los primeros años del siglo XX, y que, echadas las raíces, sigue adelante.

Hoy volvemos a lo mismo y nadie se da cuenta ya de que las grandes editoriales están más atentas a las ventas que no a los contenidos. Me estoy refiriendo a la moda zombi en la literatura; los zombies divierten, no sé por qué, y resulta de un siniestro simbolismo que se adapten clásicos de la literatura universal para convertirlos en irreverentes bodrios que ofenden la memoria de sus desaparecidos autores. Aquí el mensaje es muy claro: los tiempos que se aproximan se prefiguran en los muertos vivientes. ¿Recuerdan ustedes aquella película de Charlton Heston en la cual el héroe se encuentra con una humanidad escondida de individuos afectados por las radiaciones nucleares, auténticos muertos vivientes?

Tal vez sea ese el destino que nos aguarda si continuamos irresponsablemente con la proliferación de las centrales nucleares, que no representan el progreso ni la buena calidad de vida, sino la contaminación radioactiva. El primer aviso lo dio Chernobyl, y el segundo, Fukushima. ¿Cuántos avisos más tiene que recibir, mejor dicho, sufrir, la humanidad, para despertar del falso sueño de las “energías limpias”?

Leonardo da Vinci, el gran genio avanzado a su tiempo, incluso llamado por muchos “profeta”, dibujó en cierta ocasión una escena increíble que dijo haber visto en un sueño: la de una explosión atómica.

El estilo de Leonardo es inconfundible en su manera de dibujar y por tanto la explosión queda un poco ornamentada variando mucho de lo que podría ser una fotografía actual, pero la representación es clara, no necesita traductores hoy, por lo que en su época debió resultar incomprensible y a la cual el título que mejor se le podía aplicar era el de pesadilla.

Yo vi ese dibujo en un libro de arte, el libro era mío y lo presté, pero, como dice Theodor Fontane: “Los libros tienen su orgullo. Cuando se prestan, no vuelven nunca”, y éste tampoco regresó.

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