Alerta, alerta

Arturo Molina Hernández Fraternal diario: No volveré a tomar ningún simulacro a la ligera. Es probable que el sonido de la alerta sísmica se quede grabado por mucho tiempo en mi mente, como en la de otros mexicanos. Esta noche, aún retumba en mis oídos el eco estrepitoso anunciando la tragedia. Coincidencia, ciclos, ciencia; no […]

Arturo Molina Hernández

Fraternal diario:

No volveré a tomar ningún simulacro a la ligera. Es probable que el sonido de la alerta sísmica se quede grabado por mucho tiempo en mi mente, como en la de otros mexicanos. Esta noche, aún retumba en mis oídos el eco estrepitoso anunciando la tragedia.

Coincidencia, ciclos, ciencia; no puedo tomarme el tiempo para preguntarme cómo fue que justamente treinta y dos años después de que un terremoto azotara la Ciudad de México, y dos horas después de volver a mis actividades normales, como el resto de los chilangos,2 tras el simulacro en conmemoración de las víctimas y damnificados del 19 de septiembre de 1985 (programado a las 11:00 horas), un nuevo sismo asestara un golpe severo al país; máxime por los desastres que desde hace meses mantienen un entorno cargado de tensión, entre inundaciones, huracanes y otros movimientos telúricos, como una humareda densa que recae sobre los hombros de la población.

Por las calles se inició un peregrinar incierto ante el anuncio de la cancelación de los principales servicios de transporte; la gente quería encontrarse con sus familiares, correr por sus hijos.

Varios puntos de la ciudad se cimbraron, seguido de estridencias rocosas entrechocadas, desmoronándose y descendiendo abruptamente. Este ruido se quedará grabado por tiempo indefinido en la memoria general, así como el golpe de adrenalina disparado en cuanto el suelo se hizo dueño de nuestros movimientos, cerca de veinte segundos después de comenzado el temblor.

Ver el aire llenándose de una capa color café claro, como de aquella tonalidad que adquiere un americano mezclado con leche evaporada, pero en partículas de polvo, me hizo pensar que algo grave se aproximaba, en lo vulnerable de nuestra especie ante los designios de la madre naturaleza, que esta fecha sería recordada por más de una desgracia en la historia de México, y que como ser humano sensible, cada 19 de septiembre quedaría en mí la zozobra; la atención de mis pies en algún movimiento extraño debido a posibles sacudidas telúricas.

Por las calles se inició un peregrinar incierto ante el anuncio de la cancelación de los principales servicios de transporte; la gente quería encontrarse con sus familiares, correr por sus hijos, guiando sus pensamientos hacia la esperanza de que la escuela derrumbada de la que se hablaba no fuera la de sus criaturas.

Los ciudadanos mantenían un rostro homogéneo, tintado alguno que otro de lágrimas o estupefacción, pero todos compartían la conmoción, preocupación e incertidumbre. Para la dirección que se dirigiera, el semblante de los mexicanos era el mismo: de duda, de consternación, de incredulidad.

Las sensaciones fueron aumentando con el paso de las horas. En los radios de los puestos de periódicos sobre la calle, en las televisiones de locales se daba total cobertura a la información del momento. Llegaron las noticias desde los demás estados afectados, ¡oh sorpresa!, no éramos el blanco del desastre: en Morelos y Puebla había comunidades casi totalmente destruidas, con afectaciones desde las pequeñas hasta los colapsos totales. En algunas colonias de la capital ya se reportaban los edificios derrumbados durante y posteriormente al movimiento telúrico, y la señal de alerta en el volcán Popocatépetl se mantenía en fase roja.

No sé cuánto tiempo vaya a seguir arraigada en mí la sensación de constante mareo, la mala imaginación de quedarme quieto para asegurarme de que no se mueven las cortinas, ni el vaso con agua de la mesa; nadie puede asegurarlo, pero los ciudadanos la compartíamos los instantes posteriores al sismo. Así como se guardaba el vértigo en la mente, también el corazón se emocionaba por las primeras muestras de humanismo en las personas: actos que reconfortaban el alma, como las personas regalando agua a los caminantes, las camionetas sobrepasando los límites de su capacidad para transportar a quienes pudieran subir, vecinos por zona organizando el tránsito para liberar la vía lo más pronto posible, o quienes compartían su red inalámbrica de Internet para los que aún estaban incomunicados.

Mis sentimientos de punta le provocaban al cuerpo caminar lo más orillado posible en la acera. No por el miedo a un colapso, no porque pensara en un poste de luz cayendo cerca, o encima de mí, sino por el temor de una implosión de pulsaciones en el sistema nervioso, como una descarga eléctrica en espasmos rítmicos musculares. Alerta. Alerta. La posibilidad de una sicosis general, la intriga, la duda.

Pasan las horas y el sonido grave de los altoparlantes anunciando el temblor lo escucho en cada alarma de autos, sirenas de ambulancia, y aun en la ráfaga auditiva que deja la llanta sobre el asfalto a gran velocidad, en cada avión descendiendo hacia el aeropuerto. Veo todos los medios cubriendo el acontecimiento, imágenes de escombros y restos de viviendas; otros estados como Puebla y Morelos se vieron más afectados aún que nuestra ciudad. Las redes comparten videos con edificios justo al momento de su derrumbe. Mis palpitaciones se aceleran como el tintineo de un telégrafo; vuelven a la normalidad, pero aumentan porque todos los que sentimos ese golpeteo de subsuelo, como si un pie gigante taconease del interior de la tierra, en los ratos libres de pensamiento, la mente se encarga de recordarnos el instante preciso en que el caos se inició.

 

Por la noche del martes 19 se anunciaba que había demasiada gente ayudando en las calles, buscando escombros qué remover, vidas qué salvar, esperanzas qué recobrar. Los ciudadanos, en la capital y los demás estados, no dejaron de presentarse en los lugares donde había “algo que hacer”. Y qué importaba si solamente iban a tomarse fotos formando una cadena para transportar víveres de un acopio a las camionetas que salían para otros sitios donde se necesitaran, qué carajos importa si demostraban que aun siendo adictos a la tecnología y el heroísmo de pose, ellos prestaban su mano; éramos hormigas reconstruyendo el afectado hormiguero, todos soldados de la colonia.

También con las horas y días posteriores se supo de los camiones con latas, productos sanitarios y ropa que eran desviados hacia bodegas donde el gobierno “controlaría el reparto de los víveres”, o de militares obstruyendo el paso a ciertas zonas donde faltaba ayuda. Impotencia añadida que seguía contrarrestándose mientras caminaba observando a familias de escasos recursos repartiendo tamales y tortas hechos con manos igualmente forjadoras de esta reconstrucción; familias completas descargando camionetas con herramientas, botellones de agua, pañales, papel, comida para mascotas…

Mensajes tintados de plumón en la superficie de las latas de atún, plástico envolvente y cajas con mensajes de ánimo demuestran el poder de la fuerza. Los miro detenidamente y contengo lágrimas de gratitud por las muestras fraternas de nuestros hermanos. Volteo a cualquier lugar y no puedo evitar el llanto contenido: una lágrima a la derecha por la rabia en contra de los que aprovechan este desastre para fines de promoción, por los que asaltaron a quienes en la confusión querían llegar a casa y se encontraban atorados en el tráfico, y sobre aquellos, los muchos menos, que se muestran indiferentes; una lágrima en el ojo izquierdo, una continua, perenne, conmovido por saberme respaldado por un gran pueblo, por la resistencia inmarcesible de su mano, por levantar el puño entre los escombros.

 

México será habilitado por su propia gente, que se arremolina en las calles y comunidades para querer reconstruir y aportar con puño y brazo, codo con codo, para mantener en pie a los que la sacudida arrojó de rodillas.

23 de septiembre 2017
Un chilango promedio

Fraternal diario:

Despertamos con un altavoz retumbando en el oído; no, esta vez no estamos confundiéndolo con música a través de las bocinas ni con el claxon de un automóvil. No, se volvió a activar, un sismo volvió a sentirse y a expulsar a los mexicanos de los edificios, con toalla a la cintura, sin playera, en pijama, sin pantalones. Los nervios continúan de punta, pienso en aquellas viviendas con la leyenda “No habitable” en la entrada.

Y es un México inhabitable. Por la corrupción, por los intereses de los menos que abusan de la mayoría. Por los víveres que aparecerán en bodegas echados a perder dentro de diez años, como sucedió en 1985. Por la lucha de egos para colgarse medallas inexistentes en una estúpida disputa política.

Esta nación está habitada por gente que la tierra merece, pero gobernada, saqueada o asaltada por quienes no merecen catalogarse siquiera como humanos. México será habilitado por su propia gente, que se arremolina en las calles y comunidades para querer reconstruir y aportar con puño y brazo, codo con codo, para mantener en pie a los que la sacudida arrojó de rodillas frente a los restos derruidos de las que fueron sus casas.

Ginsberg aseguró ver algunos rostros de su generación famélicos. Yo, afortunadamente, veo rostros camaleónicos, que se transforman: primero son gestos de preocupación, tristeza y conmoción, que pasan por los del cansancio y la incertidumbre. Al final, aquellos rostros son los de la solidaridad, la valentía y el coraje.

Asustados volvemos a la cama, volvemos al interior, volvemos a las calles, volvemos a los rincones de los pueblos. Volvemos alertas, alertas.


Es un México inhabitable. Por la corrupción, por los intereses de los menos que abusan de la mayoría. Por los víveres que aparecerán en bodegas echados a perder dentro de diez años, como sucedió en 1985.

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